En el campo palestino de refugiados de Qalandia, justo al norte de Jerusalén, los residentes han convertido el centro comunitario en un área de duelo por los nueve jóvenes del campo que han muerto en ataques contra israelíes o choques con fuerzas israelíes desde octubre. En una tarde reciente, unos hombres se sentaban en sillas de plástico en el centro, sorbían café negro y hablaban del año por venir. La esperanza era escasa. “Si no hay una solución política, estehaba [levantamiento] continuará y se intensificará”, dice Jamal Lafi, director de un comité local de residentes.
La oleada más reciente de violencia estalló el otoño pasado, después de que la policía israelí chocó con manifestantes palestinos en el sitio religioso más acaloradamente disputado de Jerusalén, conocido por los judíos como Monte del Templo y para los musulmanes como el Santuario Noble. Desde principios de octubre, ataques palestinos, en su mayoría acuchillamientos y embestidas con autos, han dejado veinticuatro israelíes muertos. En el mismo periodo, según Reuters, fuerzas israelíes o civiles armados han matado por lo menos 144 palestinos, 92 de los cuales fueron descritos por funcionarios israelíes como agresores. Los ataques han parecido casi espontáneos y a menudo son festejados en medios sociales.
Pero, pese a todos los miedos de Lafi, hay factores significativos que podrían evitar que la violencia llegue a los niveles de una revuelta a gran escala. Estehabahasta ahora se ha limitado a ataques de “lobos solitarios”. No ha habido bombazos suicidas, los cuales eran comunes en la Segunda Intifada. Más de mil israelíes y más de 5000 palestinos murieron durante ese conflicto, el cual comenzó en 2000 y terminó en 2005.
Aun cuando los palestinos en la Ribera Occidental tienden a simpatizar con el nuevo levantamiento, la mayoría ha evitado participar en él. Esto podría deberse en parte a que el total de muertos de la Segunda Intifada fue muy alto y la violencia hizo poco para resolver el conflicto. Esta vez, los militares israelíes se han abstenido de tomar medidas que propiciarían una participación masiva en la violencia, como cerrarles las puertas a los palestinos que trabajan en Israel o en asentamientos judíos.
Pero otra razón crucial de por qué la agitación no se ha convertido en una revuelta sin cuartel es que el presidente palestino Mahmoud Abbas ha adoptado una postura cada vez más dura en contra de que esto suceda. Aun cuando el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu ha acusado públicamente a Abbas de incitar la violencia, expertos de seguridad israelíes han dicho que ellos creen que Abbas y la Autoridad Palestina (AP) trabajan para desalentar ataques y evitar otra intifada. Desde el final de la Segunda Intifada, Abbas, de ochenta años de edad, ha hecho un llamado a los palestinos para que rechacen la lucha armada y monten una campaña de resistencia no violenta a la ocupación israelí de la Ribera Occidental, un mensaje que muchos palestinos parecen rechazar.
Una encuesta en diciembre del Centro Palestino de Política e Investigación por Sondeo (PCPSR, por sus siglas en inglés) mostró que 67 por ciento de los palestinos apoyan los ataques con cuchillos. Además, 66 por ciento de los encuestados cree que si la revuelta se convierte en una “intifada armada”, la violencia servirá a los intereses nacionales palestinos de una manera que no lo han hecho las negociaciones. Ello deja al presidente palestino cada vez más en desacuerdo con la gente que lidera.
En Qalandia, los residentes hablan con orgullo de los familiares que han perdido en la lucha. Nasser Abu Ghuweileh, cuyo hijo, Wisam, murió mientras llevaba a cabo un ataque embistiendo un auto en el asentamiento israelí Adam en la Ribera Occidental, se niega a aceptar las palabras tradicionales de condolencia,Tislam rasak(Que tu cabeza sea salva). Más bien, él responde con una sonrisa dolida: “Deberías felicitarme por su martirio”.
Los jóvenes hacen eco del desafío de Abu Ghuweileh, diciendo que quieren que su campo se convierta en un símbolo de lo que esperan se convierta en la Tercera Intifada. “No podemos parar ahora. Continuaremos, y si morimos, otros seguirán nuestros pasos”, dice Hussein Shehadeh, un electricista de veintiún años de edad.
Abbas no comparte esa visión, y ha desplegado las fuerzas de seguridad palestinas para evitar que jóvenes palestinos como Shehadeh tengan un contacto cara a cara con los israelíes. Por ejemplo, el 25 de diciembre fuerzas de seguridad de la AP bloquearon una protesta de varios cientos de activistas que esperaba llegar a la posición del ejército israelí en el asentamiento Beit El, cerca de la ciudad de Ramala en la Ribera Occidental, según los participantes. Miembros de la guardia presidencial de Abbas detuvieron a los marchistas, algunos de los cuales habían sido heridos en choques anteriores con el ejército israelí, y oficiales de la AP en ropas de civil los golpearon con cachiporras, según Khaled Zawahreh, un participante.
Zawahreh dice que los manifestantes seguramente lo intentarán de nuevo. Contratista de construcción y activista del Frente Democrático por la Liberación de Palestina (una facción de la Organización por la Liberación de Palestina) de inclinación izquierdista, Zawahreh describe a Abbas como “el enemigo de la intifada”. El 30 de diciembre, cientos de activistas de otra facción de OLP trataron de llegar a Beit El, según uno de los organizadores de la protesta. Esta vez fueron partidarios del movimiento Fatah de Abbas quienes fueron regresados por la seguridad de la AP, aunque sin violencia.
Tales intervenciones, si continúan, posiblemente aceleren una mayor disminución en la popularidad de Abbas entre los palestinos. Sus índices se hundieron a 38 por ciento en diciembre, debajo del 44 por ciento tres meses antes. El sondeo en diciembre del PCPSR mostró que dos tercios de los palestinos quieren que Abbas se haga a un lado. El presidente también enfrenta cuestionamientos sobre su legitimidad en el terreno: fue elegido hace más de una década, y su periodo terminó en 2009. A causa de la división actual entre la Ribera Occidental controlada por Fatah y la Franja de Gaza gobernada por Hamas, no hay nuevas elecciones en puerta.
Comparado con su predecesor, el endurecido en batalla y a menudo belicoso Yasser Arafat, Abbas puede dar la impresión de ser algo académico e impasible. El presidente sólo ha hecho pocas referencias públicas a la revuelta. Hani Masri, director del grupo de investigadores Masarat con oficinas en Ramala, dice que Abbas a menudo suena más como un comentarista político que como un presidente liderando a su pueblo.
Netanyahu ha acusado a Abbas de motivar los ataques, pero Nimr Hamad, un asesor político de Abbas, dice a Newsweek que el presidente no favorece una nueva revuelta. “Una intifada no servirá a los intereses de los palestinos, tampoco llevará a alguna reconciliación”, dice. “Nosotros favorecemos la resolución de este conflicto mediante negociaciones”.
Abbas también ha estado recientemente bajo presión desde dentro de Fatah para que sea más beligerante con Israel. Naim Murar, un funcionario de Fatah en Ramala que ayudó a organizar la marcha del 30 de diciembre que fue bloqueada, dice que quiere ver a Abbas dar seguimiento a una votación de OLP en 2015 para suspender la cooperación de seguridad con fuerzas israelíes. Según Murar, el presidente también debería respaldar un boicot a todos los artículos israelíes, no sólo a los productos hechos o cultivados en asentamientos israelíes en la Ribera Occidental, y él debería presionar enérgicamente para que se acuse a los líderes israelíes en la Corte Penal Internacional bajo cargos de crímenes de guerra. “Necesitamos que las posiciones políticas estén en línea con elhaba”, dice Murar.
“Abbas no habla, actúa o lidera. Está ocupado en asuntos secundarios”, dice Masri. “La dirigencia está en un laberinto. No saben qué hacer. No están dándole a la gente un plan efectivo que pueda seguir. La gente está actuando por su cuenta”.
Hamad disputa esto diciendo que la estrategia de Abbas es persuadir a organismos internacionales y potencias claves —específicamente la ONU, Estados Unidos, la UE y Rusia— para que presionen a Israel y deje de construir asentamientos nuevos en la Ribera Occidental y detenga la construcción en las comunidades judías allí. “Si los israelíes continúan negándose a congelar los asentamientos y respetar la implementación de los acuerdos firmados con ellos, veremos la internacionalización de este conflicto”, manifiesta.
Un alto funcionario de seguridad de la AP, que habló conNewsweekbajo la condición del anonimato porque no está autorizado a discutir cuestiones políticas, dice que Abbas “es la mejor opción para la gente pensante y racional palestina. Él sabe que no tiene un cien por ciento de popularidad, pero el papel de un dirigente responsable es llevar a su gente del punto A al punto B, incluso si ellos no pueden ver que el punto B es mejor que el punto A”.
Khalil Shikaki, director del PCPSR, cree que en los meses siguientes posiblemente se vea un repunte en la violencia. Y explica que 2016 “probablemente sea peor que 2015”. Cuánto más podría intensificarse depende tanto de la lucha interna entre los palestinos como en su conflicto con Israel.
—
Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek