El Martin Luther King al que ignoran Obama y EE.UU

Pero es probable que King se desilusionaría
por la evidente ausencia del movimiento # BlackLivesMatter (Las vidas de los
afroestadounidenses importan) en los últimos comentarios de Obama a la nación. De
hecho, la marejada de protestas, manifestaciones y movimientos a favor de la
justicia racial y económica que se han presentado en ciudades, autopistas, y
campus universitarios de todo Estados Unidos hacen eco del panorama político
que King enfrentó hace medio siglo.

Como nación, nos sentimos más cómodos al
recordar el activismo político de King durante los años heroicos del Movimiento
a favor de los Derechos Civiles, entre la Decisión Brown emitida por la Suprema
Corte en 1954, en la que se prohibió la segregación en las escuelas públicas y
la firma, el 6 de agosto de 1965, de la Ley de Derecho al Voto. King demostró
ser el principal movilizador político de esta época, si no es que su
organizador más eficaz. Desde su más temprana participación como portavoz del
boicot a los autobuses, ocurrido entre 1955 y 1956 en Montgomery, Alabama,
donde fue testigo de la habilidad organizativa de los leales líderes locales, más
notablemente Rosa Parks, hasta sus incursiones en la acción directa en
Birmingham y Selma, Alabama, durante la primera mitad de la década de 1960,
King confió en que una legislación política y una serie de resoluciones
judiciales amplias augurarían una nueva era de igualdad racial y de ciudadanía
negra.

La violencia racial que estalló en Watts,
California, cinco días después de la aprobación de la Ley de Derecho al Voto
convenció a King de que la igualdad racial requería un movimiento masivo a
favor de la justicia económica. Con esto en mente, se mudó a Chicago en 1966,
viviendo en un complejo de viviendas subvencionadas para ilustrar las deplorables
condiciones que enfrentaban los residentes más pobres de la nación.

En los siguientes dos años, King se
convirtió en la principal voz revolucionaria de Estados Unidos. Surgió
como un agudo crítico de las protestas insurgentes del Poder Negro, dirigidas
por Stokely Carmichael, presidente del Comité Coordinador Estudiantil no
Violento. Rechazando los aspectos del movimiento que fomentaban la violencia o las
actitudes antiblancas, King adoptó la violencia dinámica y la impaciencia de
una generación más reciente de activistas. Su acercamiento con Carmichael
lo llevó a denunciar enérgicamente la Guerra de Vietnam, y sus reuniones con
organizadores de los derechos de asistencia social le ayudaron a dar forma a su
Campaña de la Gente Pobre, un movimiento con el que estuvo profundamente
comprometido hasta el día de su muerte.

Ese es el King que Estados Unidos y Obama
pasan por alto en detrimento de todos nosotros.

Black Lives Matter (BLM, las vidas de los
afroestadounidenses importan), al igual que sus predecesores de la era de los derechos
civiles y del Poder Negro, representa una respuesta proactiva a nuestra era
contemporánea, donde la desigualdad económica y racial son cada vez mayores.
El tono combativo del movimiento, las tácticas de desestabilización y la
postura audaz han impulsado a una nueva generación de activistas, aunque también
ha motivado un contragolpe conservador.

Hace cincuenta años, la misma crítica que
formulaba contra los activistas de BLM se desplegaba no sólo contra los radicales
del Poder Negro, sino también contra el Dr. King. El tono cada vez más
estridente de la retórica política de King, que caracterizaba a Estados Unidos como
un poder imperial, criticó la Guerra contra la Pobreza como un esfuerzo simbólico
superado con creces por los gastos de la Guerra de Vietnam, y exigía un ingreso
garantizado para todos, convirtió al orador principal de la Marcha sobre
Washington y ganador del Premio Nobel de la Paz en una figura cada vez más
impopular.

King ubicaba el poder perdurable de la
democracia estadounidense en “el derecho a protestar por el derecho”,
un axioma que los activistas de Black Lives Matter de la actualidad han adoptado
con entusiasmo. Entonces, King yuxtapuso la Guerra contra la Pobreza y la
Guerra de Vietnam como fracasos gemelos de la imaginación moral y política de
la nación. Ahora, los líderes de Black Lives Matters han identificado a
todo el sistema de justicia penal como una vía de acceso complicada e
interrelacionada de la opresión social y política, uno cuyos tentáculos alcanza
las escuelas públicas, los complejos de viviendas subvencionadas, el derecho al
voto, las oportunidades de empleo y las posibilidades de vida en general.

El legado más profundo de King no fue
ganar la lucha contra el racismo estructural, la desigualdad, y la supremacía
de los blancos, porque no lo hizo. Aclamado póstumamente como un oráculo de
osadía, cuando vivía, King atemorizaba a presidentes, políticos y a los
poderosos, que pasaron por alto sus ruegos finales de justicia incluso mientras
lo elogiaban tras su muerte como el indiscutible líder moral de la nación.

En el último y elocuente discurso del Estado
de la Unión de Obama, éste utilizó un tipo único de juego de manos retórico. Invocó
a diligentemente a King y elogió las protestas de justicia racial que han
ocurrido en todo el país, sin reconocer cómo las crecientes divisiones raciales
y la desigualdad económica de Estados Unidos traicionan la memoria y el legado
de King.

Sin importar si ha sido en forma
voluntaria o no, la brillante destreza en la pronunciación de discursos y la
tendencia de Obama a invocar públicamente las palabras de King han servido para
mejorar su propia reputación, a menudo en detrimento de King.

El Dr. King nunca fue un político. Al
contrario, era un líder social revolucionario cuyos esfuerzos coligaron a
dirigentes políticos y a toda la nación a enfrentar verdades incómodas. La
relación de King con los políticos iba y venía con base en el contexto político
e histórico. Entre 1963 y 1965, la democracia estadounidense se encontraba en
un punto de inflexión, algo que el presidente John F. Kennedy reconoció públicamente
durante un histórico discurso a la nación, televisado el 11 de junio de 1963. La
nación era testigo, aseguró Kennedy, de una “revolución” que sería pacífica
o violenta, dependiendo de la voluntad de ciudadanos y líderes. Durante los
siguientes dos años, Lyndon Johnson fue incluso más lejos al calificar a los
activistas pacíficos de Selma como los herederos directos de los Padres
Fundadores de Estados Unidos. Durante un breve momento, parecía que los “Grandes
Pozos de la Democracia” sobre los que King escribió desde una celda en Birmingham
serían lo suficientemente amplios como para albergar la ciudadanía negra y la
justicia racial.

Entre 1966 y 1968, la relación de King con
el presidente y los dirigentes políticos estadounidenses convencionales y su
discurso se volvió cada vez más compleja, pues él siguió, como un profeta del
Antiguo Testamento, exigiendo que se tomaran en cuenta las flagrantes desigualdades
sociales, políticas y económicas de la nación. Menos de cuatro años después
de cenar con la realeza en la ceremonia de entrega del Premio Nobel en Oslo,
King tendría su cita con el destino entre trabajadores de limpia de raza negra
en la ciudad de Menfis, racial y económicamente segregada.

Las triples amenazas para la humanidad (el
militarismo, el racismo y el materialismo) que King citó cerca del final de su
vida, se han incrementado, en lugar de disminuir, en nuestros propios tiempos.

La escala completa del legado de King
exige nada menos que hacer frente honestamente a las verdades difíciles que él enfrentó
públicamente hace medio siglo y que siguen siendo quizás más ferozmente urgentes
en nuestra propia época que en la suya.

Publicado en cooperación con Newsweek // Published in cooperation with Newsweek