Cuando Bill Clinton, que tenía una visión
mundial, pronunció largos discursos sobre el Estado de la Unión mencionando muchos
logros y propuestas, los reporteros se burlaban de su “lista de lavandería.”
Especialmente ahora que surge el tema del legado, Obama debe sintetizar,
resumir y caracterizar su enfoque del gobierno.
El propósito no sólo es ayudar a los
historiadores a comparar sus esfuerzos con el New Deal de Franklin Roosevelt, la
Nueva Frontera de John Kennedy, o la Revolución de Ronald Reagan. En lugar de
ello, al marcar su presidencia y explicar su razón fundamental, Obama podría
impulsar el antiguo debate sobre lo que el gobierno debe y no debe hacer.
Comprensiblemente, cuando el presidente
entra en la Cámara, no sólo siente los ojos de la nación puestos sobre él, sino
también las palabras de sus predecesores que pesan sobre sus hombros.
En este año se conmemora el septuagésimo
quinto aniversario del exquisito discurso sobre las Cuatro Libertades de
Franklin D. Roosevelt. Roosevelt ya había transformado la desabrida actualización
anual ante el Congreso en un entusiasta acontecimiento nacional.
Thomas Jefferson consideraba “rimbombantes”
las presentaciones personales que hicieron George Washington y John Adams de la
actualización presidencial al Congreso ordenada por la constitución. En 1801,
Jefferson envió un texto por escrito de “El mensaje anual del Presidente ante
el Congreso”.
No fue sino hasta 1913 que un presidente
regresó para dirigirse personalmente al Congreso. Ese año, el presidente progresista
Woodrow Wilson promovió medidas activistas, desde reformas bancarias hasta
nominaciones en las elecciones primarias, para fomentar “el bienestar y el
progreso de la nación.”
Dos décadas después, FDR, siendo FDR,
aprovechó el momento, reduciendo a los legisladores a simples objetos de utilería
para dirigirse dramáticamente al pueblo. En 1936, Roosevelt trasladó el
discurso de “El Estado de la Unión” al horario nocturno, maximizando su
audiencia radiofónica. Cinco años después, cambió el debate sobre la entrada de
Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial articulando los objetivos de guerra
de ese país, once meses antes de que Estados Unidos participara realmente en la
guerra.
Aquel mes de enero (1941), la postura política
de Roosevelt era asombrosamente tambaleante. Los republicanos habían obtenido seis
millones más de votos en 1940 que en 1936. El presidente, en su recién iniciado
tercer periodo de gobierno, trataba de impulsar a su país aislacionista hacia
la guerra mundial, a pesar de haber proclamado: “Este país no va a la
guerra.”
Roosevelt inició hábilmente su discurso
sobre el Estado de la Unión con una falsa disculpa, diciendo que ese era un momento
“sin precedentes”, justificando después la palabra, diciendo, “en
ningún momento anterior, la seguridad de Estados Unidos había estado tan
gravemente amenazada desde el exterior como lo está ahora.”
Condenó la propagación del “nuevo
orden de tiranía” que amenazaba “el estilo de vida democrático” en
todo el mundo, incluido Estados Unidos. “Como nación, podemos
enorgullecernos del hecho de ser generosos”, bromeó; “pero no podemos
permitirnos ser bobos.”
En lugar de paralizar a sus oyentes con el
miedo por sí mismo, Roosevelt reforzó la moral prometiendo “igualdad de
oportunidades… Empleos… Seguridad” y
“libertades civiles para todos” mientras buscaba “el fin de
los privilegios especiales para unos pocos.”
Roosevelt pasó de justificar la
participación de su país en la guerra a imaginar el mundo una vez que ésta
hubiera terminado. Sus “Cuatro Libertades” de expresión, de culto, de
la necesidad y del miedo en todo el mundo le dieron a Estados Unidos el
lenguaje que usaría para justificar los grandes sacrificios personales en los
cinco sangrientos años que seguirían.
Mucho antes de que las pinturas realizadas
en 1943 por Norman Rockwell hicieran que las Cuatro Libertades fueran aún más representativas,
la obra maestra de 1941 de Franklin Roosevelt marcó su presidencia y a su país,
expresando su fe democrática en que las palabras pueden unir e inspirar a millones
de personas.
Aunque Bill Clinton nunca enfrentó riesgos
tan grandes, usó el Discurso sobre el Estado de la Unión más eficazmente de lo
que Barack Obama ha hecho. Clinton aprovechaba, recuerda su consejero Bruce
Reed, esta oportunidad anual para vender “su plano para gobernar.”
Cuando buscaba la reelección en 1996,
Clinton trató de definir los “puntos en común” de Estados Unidos
asumiendo una tendencia más centrista y declarando que “la era del
gobierno protector ha terminado.” Clinton añadió una frase muy importante
que la mayoría pasó por alto: “Pero no podemos volver a la época en la que
nuestros ciudadanos debían valerse por sí mismos.”
Michael Waldman, el redactor de los
discursos de Clinton, informó después que en los primeros borradores se
propuso añadir, “Pero la era de cada hombre para sí mismo nunca debe comenzar.”
Otros miembros del personal encontraron que el término “hombre” era sexista, lo
que dio como resultado la cláusula de seguimiento más floja y olvidable.
Cuatro años después, al iniciar su último
año completo en el poder, Clinton hizo lo que Barack Obama debe hacer esta noche.
Clinton describió lo que Waldman denomina su “tejido conectivo”, la
visión centrista pragmática y liberal que subyace en sus políticas que lo
convirtieron en un presidente mucho más ideológico.
Renovando la retórica de la oportunidad,
la responsabilidad y la comunidad que le guió desde que se unió al moderado Consejo
de Liderazgo Demócrata en la década de 1980, Clinton declaró en enero de 2000:
“Restituimos el centro vital, reemplazando las ideologías anticuadas con
una nueva visión anclada en valores básicos y perdurables: oportunidad para
todos, responsabilidad de todos, una comunidad de todos los estadounidenses.”
Obama se ha resistido a definirse a sí mismo,
y a menudo se tropieza cuando trata de hacerlo. Se postuló como un demócrata
post-partidario que no era ni de un estado con mayoría demócrata ni de uno con
mayoría republicana. Al reseñar el libro de Obama anterior a la campaña de 2008
titulado The Audacity of Hope (La audacia de la esperanza), Joe Klein de Time
contó “no menos de 50 ejemplos extremadamente detallados de argumentos
contrapuestos.”
Sin embargo, para junio de 2009, el
liberalismo sin etiquetas pero bastante convencional de Obama había salido a la
superficie con su Discurso de El Cairo en el que cortejaba al mundo musulmán,
el rescate de automóviles llamado Dinero por Chatarra, nuevas reglas
financieras para los bancos, un discurso a favor de la reforma a la atención
sanitaria para la Asociación Médica Estadounidense y una recepción en la Casa
Blanca para el Mes del Orgullo LGBT.
Comprensiblemente, la desagradable política
de hoy impide que incluso los demócratas reelegidos convencionales acepten
plenamente la palabra con L. En su discurso del Estado de la unión de 2015,
Obama presentó “economía de la clase media” y “una mejor política”, repitiendo
cada frase cinco veces. Ambos términos eran tan endebles y desechables como la
envoltura de un caramelo.
Esta flacidez alimenta al cinismo
contemporáneo. El liberalismo cauteloso de Obama no logra engañar a los
republicanos. El cambio del poeta de “Sí, podemos” al tecnócrata
catalogador aburre a los demócratas. Y Obama priva a todos los estadounidenses
del importante debate filosófico que han provocado nuestros más grandes presidentes.
La pompa seductora y el despliegue
publicitario de los discursos modernos del Estado de la Unión brindan otra
oportunidad para la redención. Las democracias suponen que las ideas cuentan,
que las palabras importan. La gran oratoria puede cambiar las percepciones del
público, enmarcar los debates y fomentar el diálogo democrático sobre qué
necesita EE UU para progresar.
El presidente debe esbozar un marco más
directo, uniendo su lucha contra las armas de fuego con su lucha a favor de la
reforma de salud, su política económica con su política migratoria, su
estrategia en el extranjero con su cruzada contra el cambio climático. No todas
las partes de su plataforma encajarán, pero el esfuerzo de crear un conjunto coherente
de iniciativas bien vale la pena.
En 2008, incluso muchos detractores por lo
menos admiraban la elocuencia de Obama, su valiente habilidad para explicar
asuntos difíciles como la raza en formas que aumentaban el nivel del debate. Actualmente,
incluso muchos admiradores han perdido la fe en el liderazgo retórico de Obama.
Este discurso sobre el Estado de la Unión
proporciona otra oportunidad para probar que, como lo hicieron Wilson,
Roosevelt, Reagan y Clinton, Obama también puede dirigir ideológicamente.
—
Este artículo fue publicado por primera vez en el sitio de Brookings Institution.
Gil
Troy es catedrático de historia en la
Universidad McGill University de Montreal y erudito visitante de la Brookings
Institution. Es
autor de 10 libros sobre política y presidencia estadounidense, entre ellos, el
más reciente: The Age of Clinton: America in the 1990s (La era de Clinton: Estados Unidos en la década
de 1990).