En el campamento de refugiados de Nyarugusu, en la
frontera occidental de Tanzania, Faith Umukunzi se sienta en una piedra con su
bebé seguro y cómodo en sus brazos y habla por su teléfono celular con su
marido. Ella no lo ha visto por cinco meses. “Mi marido dice que su vida está
en peligro”, dice la madre de cinco niños luego de terminar la llamada. “Ellos
quieren matarlo por apoyar al partido de oposición. Se ha escondido desde el
golpe de Estado y no puede viajar a este campamento. Sé que lo matarán”.
Umukunzi y sus hijos están entre los aproximadamente 110
000 refugiados burundeses que han huido a la vecina Tanzania desde abril,
cuando Burundi se sumió en la violencia después de que el presidente Pierre
Nkurunziza anunció que se postulaba para un tercer período. Después de un golpe
de Estado fallido en mayo, Nkurunziza fue reelegido en julio, pero las tensiones
se han mantenido altas.
Umukunzi, quien vivía en la provincia de Rumonge, al
suroeste de Burundi, en las riveras del enorme lago Tanganica, dice que huyó de
su hogar después de que milicias a favor del gobierno le pidieron que entregara
sus dos hijos para ayudarlos a combatir a los rebeldes que se oponían a
Nkurunziza. Su marido se quedó atrás para unirse a la lucha contra el
presidente. “Fue una travesía riesgosa”, dice ella. “Tuve que viajar por cuatro
días para salvar a mis hijos de ser asesinados por miembros del partido
gobernante. Mi familia era el siguiente objetivo después de que nuestros
vecinos cercanos fueron acribillados por hombres en uniformes policiales. Vi a
mucha gente ser asesinada”.
La violencia deriva de una controversia respecto a si Nkurunziza
era elegible para presentarse a un tercer período de cinco años. La
Constitución estipula que el presidente de Burundi no puede postularse al cargo
más de dos veces. Pero Nkurunziza afirma que el parlamento, en lugar de los
votantes, lo eligió para su primer término en 2005 –fue el primer presidente
bajo la nueva constitución– así que, argumentó él, había hecho campaña ante el
electorado solo una vez antes.
Su decisión suscitó la furia. Muchos burundeses estaban
profundamente descontentos con el historial del presidente. Su aferrarse al
poder fue una excusa para ventilar las frustraciones de ellos, dice Devon
Curtis, politóloga de la Universidad de Cambridge en Gran Bretaña que estudia
la región de los Grandes Lagos de África. Aun cuando el producto interno bruto
de Burundi está programado para crecer 5 por ciento el próximo año, el
ciudadano promedio puede esperar ver una reducción en los salarios debido a la
inflación, según Perspectiva Económica Africana.
“Sus opositores en verdad se unieron por esta cuestión del
tercer período, [pero] los problemas son mucho más profundos”, dice Curtis. “Se
trató de la corrupción del gobierno. Se trató de la insatisfacción con los
estándares de vida y el hecho de que la economía no crecía con la rapidez
suficiente y que los beneficios eran para una cantidad relativamente pequeña de
personas”.
En mayo, el general Godefroid Niyombare lanzó un fallido
golpe de Estado contra Nkurunziza, después del cual el presidente intensificó
su persecución de los opositores, y ellos redoblaron su resistencia a la vez.
Nkurunziza ganó la elección en julio y luego encabezó una represión de los
opositores que resultó en numerosas muertes.
En diciembre, 79 combatientes de la oposición y ocho
soldados del gobierno murieron durante ataques rebeldes coordinados a tres
bases militares burundeses, dijo un portavoz del ejército. La semana anterior,
veintenas de personas murieron en choques en instalaciones militares. Pierre
Nkurikiye, portavoz de la policía, condenó lo que él llamó “varios ataques
armados criminales”.
La alarma internacional ha crecido por la retórica de los
partidarios de Nkurunziza que se ha vuelto cada vez más ponzoñosa, haciendo
comparaciones con el discurso de odio que suscitó la violencia genocida en
Ruanda en la década de 1990. Ello es preocupante porque Burundi también
experimentó un genocidio. Una guerra civil entre 1993 y 2005 enfrentó a
rebeldes de la mayoría hutu contra un ejército dominado por la minoría tutsi.
Por lo menos 300 000 personas murieron en el conflicto, el cual comenzó un año
antes del genocidio de personas principalmente tutsis en la vecina Ruanda.
Los miedos de nuevos asesinatos masivos motivan a la gente
a huir de Burundi, pero hasta ahora la violencia no ha alcanzado el nivel que
obligaría a la comunidad internacional a intervenir, dice Curtis. “Al momento,
no es justo describir los eventos como genocidio”, dice ella. “Es violencia
política, y es violencia concentrada en vecindarios particulares. Pienso que
sería un error llamarlo genocidio, porque la gente no está siendo atacada por
su afiliación étnica al momento”.
Después de los ataques de diciembre a bases militares,
Cecile Pouilly, portavoz del alto comisionado de la ONU por los derechos
humanos (UNHCR), dijo que fuerzas del gobierno llevaron a cabo intensos
registros de hogares en respuesta, arrestando a cientos de jóvenes y
supuestamente ejecutando sumariamente algunos de ellos. Según The New York
Times, fuerzas del gobierno respondieron llevando a cabo ataques contra
objetivos principalmente tutsis, aumentando los miedos de que la violencia se
hacía cada vez más sectaria.
La ONU calcula que 340 personas han sido asesinadas desde
abril, incluidas alrededor de 100 a mediados de diciembre. Miles más han sido
encarceladas, y más de 200 000 han huido del país. A finales de diciembre, la
Unión Africana (UA) anunció que enviaría a Burundi 5000 soldados para mantener
la paz. La UA ahora espera que el Consejo de Seguridad de la ONU apruebe la
fuerza. Nkurunziza se opone a la medida, pero la UA ha dicho que enviará las
tropas con o sin su aprobación.
Una semana después de que la UA hizo su anuncio,
Nkurunziza y una coalición de grupos de oposición iniciaron conversaciones en
la vecina Uganda para ponerle fin a las hostilidades. Aun cuando Nkurunziza ha
dicho que las conversaciones van bien, hay pocas posibilidades de que tengan
éxito pronto.
Cuando visité Buyumbura, a mediados de diciembre, la
atmósfera era tensa pero en su mayoría tranquila. Soldados patrullaban las
calles de la ciudad y barricadas bloqueaban intersecciones y oficinas
gubernamentales. Pero el distrito comercial central estaba animado, y la gente
compraba sus provisiones semanales y otros artículos.
En Musanga, un vecindario considerado un bastión de la
oposición, la gente se reunía en pequeñas multitudes al amanecer entre los
sonidos de pájaros cantores. Ellos dijeron que muchos residentes tenían miedo
de salir. “Hemos sido atacados desde el golpe fallido contra el presidente”,
dijo Antoine Ndayikeza, un activista que había encabezado las protestas. “Hemos
perdido a más de 100 personas sólo en este vecindario por balas de verdad. Los
soldados del gobierno nos han hecho la vida muy difícil. No podemos ir a
trabajar o reunirnos en grupos. Los bienes están escaseando, ya que la gente
acapara las existencias”.
No obstante, Ndayikeza dijo que estaba determinado a
continuar. “No nos intimidarán”, dijo él. “Seguiremos presionando al presidente
para que le ceda el poder al pueblo y respete la Constitución. El presidente no
tiene apoyo del pueblo, por ello es que está usando a los militares para
aferrarse al poder”.
En noviembre, Estados Unidos impuso sanciones a cuatro
funcionarios actuales y anteriores en Burundi en conexión con la violencia,
incluido el congelamiento de activos y restricciones de visado. La Casa Blanca
citó reportes de asesinatos planeados, arrestos arbitrarios, tortura y
represión política por parte de las fuerzas de seguridad.
La agitación en la pequeña nación sin costas ha llevado a
un flujo de refugiados en campamentos en Tanzania. Ello a su vez ha llevado a
un aumento en casos de cólera, diarrea, tuberculosis y VIH, según la
Organización Mundial de la Salud (OMS). Alrededor de 5000 refugiados pernoctan
en un atestado estadio de futbol, donde las condiciones insalubres han creado un
criadero óptimo de enfermedades.
Caleb Nzeyimana y su hermana Selina Niyotenze escaparon de
la provincia de Bururi al sudoeste de Burundi hacia el campamento de refugiados
de Nyarugusu en Tanzania después de que combatientes de una milicia juvenil a
favor de Nkurunziza, llamada los Imbonerakure, trató de obligarlos a unirse a
sus filas. “Los miembros de los Imbonerakure son muy peligrosos”, dice
Nzeyimana, pidiendo una taza de agua para calmar su sed después de bajarse de
un autobús. “Ellos están muy bien armados, y matan a cualquier persona que se
oponga al presidente. Decidimos correr y salvar nuestras vidas”.
Pero a Nzeyimana y otros refugiados les preocupa su
seguridad aquí también. “Podemos decidir quedarnos aquí y enfrentar el cólera o
regresar a Burundi y enfrentar a los Imbonerakure”, dice Nzeyimana. (Según la
OMS, durante la crisis, ya más de 31 personas han muerto de cólera en Tanzania,
y se han reportado más de 3000 casos de diarrea severa.)
Fatima Mohammed, una representante de la oficina del UNHCR,
dice que más de 35 000 refugiados podrían necesitar abandonar los refugios de
Nyarugusu cuando lleguen las inundaciones durante la temporada de lluvias.
Tanzania está reabriendo más campamentos de refugiados a lo largo de su
frontera, y decenas de miles de burundeses son trasladados del atiborrado
campamento de Nyarugusu a antiguos asentamientos que fueron usados durante la
anterior crisis de Burundi.
Alex Nibigira ha sido refugiado en Nyarugusu dos veces. Él
huyó allí en la década de 2000, regresó a Burundi a principios de 2006 después
de que se restauró la paz. Ahora está aquí de nuevo. “No quiero morir en
Burundi. Por ello es que vine aquí”, dice Nibigira. “Hace 20 años, perdí a tres
personas de mi familia durante la revuelta. Esta vez, tenía que salvar mi
vida”.
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Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek