“Vivir con miedo no es opción”

XALAPA Y MEDELLÍN, Veracruz.— La mujer con uniforme de la Policía Estatal recibe el periódico. No sabe quién se lo entrega ni qué contiene el documento. Si mira la portada, verá la fotografía de una joven que sostiene un cartel en el que se lee: “Hoy nos matan por ser estudiantes. Mañana por ser periodistas. Facultad de Comunicación”. Al pie, el titular de La Unión… reza: “2 de enero 2015. ¿Dónde está Moisés Sánchez?”

Hoy es 3 de enero de 2016 y se ha cumplido un año desde el secuestro, la tortura y el asesinato de ese reportero de Medellín de Bravo, un municipio conurbado al puerto de Veracruz. Y quien reparte los ejemplares es su hijo, Jorge, quien ha decidido continuar la labor periodística de Moy, como lo llamaban. Las pesquisas oficiales no han producido más resultados que confusión, denuncia el joven diseñador editorial.

Acaba de terminar el año más terrible de un sexenio terrible para los periodistas veracruzanos. No hay ninguna señal de que 2016 será mejor, pero haber sobrevivido al 2015 les saca suspiros que parecen de alivio. En el periodo anterior, el de Fidel Herrera (un gobernador que dejó su cargo con la estigmática acusación popular de haberle entregado Veracruz al cártel de Los Zetas, y que generó protestas de catalanes y mexicanos que viven en Barcelona cuando fue designado cónsul de México en esa ciudad), el total de comunicadores asesinados fue de cinco. Bajo su sucesor, Javier Duarte, que apenas lleva cinco años de un gobierno en el que el cártel de mayor crecimiento es el Jalisco Nueva Generación, ya han matado a quince periodistas. A cuatro de ellos, tan sólo en el 2015.

En varios casos no se ha tratado de asesinatos rápidos o de alguna manera limpios. No son tiros en la cabeza. Por lo contrario, los han sometido a sesiones propias de películas de horror, que sólo los forenses se atreven a describir. Es el ensañamiento contra un gremio que parece ser visto como enemigo no sólo por las organizaciones criminales, sino por las policías y los funcionarios públicos. La muerte por tortura es el peor de los castigos que sufren los reporteros veracruzanos. Pero no el único.

JORGE SÁNCHEZ presenta el último ejemplar de La Unión… en el Ágora de Xalapa. FOTO: TÉMORIS GRECKO

UN AÑO SIN RESULTADOS

El trabajo de Moisés era el de un periodista de vocación completa, en todos los aspectos del oficio. Estaba cautivado por el reporteo y también por el reparto, mano a mano, voz a voz, con el contacto personal que encienden ambas actividades. Fotografiaba y fotocopiaba, y se dedicaba con amor a construir minuciosamente cada ejemplar, fijando con pegamento de lápiz las imágenes, los logotipos, los encabezados, los cuerpos de texto.

En su comunidad El Tejar y en el municipio de Medellín, Moisés daba cuenta de bodas y bautizos, de eventos deportivos y actos políticos y, de manera destacada, de los problemas sociales, la falta de servicios públicos, las huellas de corrupción, las promesas incumplidas de las autoridades, la entrega de los cuerpos de seguridad al crimen organizado y la indignación ciudadana.

Todo esto, desde su Medios Informativos La Unión… La Voz de Medellín: una gaceta que cuando fue grande tenía el tamaño carta, y las más de las veces, media carta, porque ese es el formato que se prefiere en las fotocopiadoras. Lo publicó desde 1988, en ocasiones de manera regular, otras de vez en cuando, dependiendo del tiempo y dinero disponibles, porque ese era el servicio no remunerado que prestaba, su contribución a la sociedad. A la familia la mantenía ejerciendo múltiples oficios que aprendió de manera autodidacta, hasta que en sus últimos años alquiló un taxi para ruletear.

El día en que vinieron por él, estaba agotado porque había trabajado día y noche por las festividades de Año Nuevo. Dormía en la planta superior de la casa que construyó con sus manos. Su esposa, María, no pudo hacer más que retener a sus dos nietos —los hijos de Jorge— para que no los lastimaran. Unos hombres se lo llevaron. Se dio la voz de alerta. Hubo protestas. El gobierno presentó algunos cadáveres encontrados por ahí. Hasta que Jorge y su madre tuvieron que identificar el cuerpo mutilado de su padre, que hallaron el 24 de enero.

El gobernador Duarte quiso quitarle peso al asunto. “Era un taxista”, dijo. Sus funcionarios hallaron un autor intelectual: Omar Reyes Cruz, alcalde de Medellín. Presentaron un video en el que un policía municipal, Clemente Noé Rodríguez, “confiesa” el asesinato y realiza una narración de los hechos tan desenfadada como quien cuenta anécdotas a sus amigos, y con la precisión de quien presenta un examen oral.

De Omar Reyes y de los cómplices nada se sabe. La organización defensora de la libertad de expresión Artículo 19 presentó un informe, con ocasión del aniversario, en el que detalla las “graves omisiones” del trabajo de la fiscalía estatal, como pérdidas de videos de cámaras de seguridad, falta de identificación de los coautores, falta de “diligencias clave” como pruebas periciales y análisis de llamadas telefónicas. A un año, el gobierno de Duarte no tiene nada más qué presentar.

Todavía peor: el ahora exalcalde Omar Reyes obtuvo un amparo con base en que la principal evidencia de su culpabilidad es el testimonio de Noé Rodríguez, quien dijo saberlo de oídas.

EL MIEDO NO ES OPCIÓN

“La investigación está arrumbada en el basurero de la impunidad, a donde se van todos los crímenes contra periodistas”, dijo Jorge Sánchez en el patio de su casa en Medellín, ayer sábado 2, al cumplirse el primer año de los hechos. Sus sospechas van más arriba de Omar Reyes: tiene información de que el gobernador Duarte tuvo una reunión con el exalcalde, en la que le reclamó que no pudiera callar a Moisés Sánchez. Cree que la orden pudo haber surgido de ese entorno.

JORGE, ARANTXA Y RAZIEL reparten ejemplares de La Unión…en el centro de Xalapa. FOTO: TÉMORIS GRECKO

Hoy domingo, comparte con el reportero su estupefacción porque el fiscal dijo que tenía trece detenidos por el caso, “pero sólo son tres, ¿qué ni eso puede hacer bien?”

Va repartiendo La Unión… a los xalapeños, algunos de los cuales saben del crimen y saludan con calor al hijo de Moisés. Lo acompañan dos de sus compañeros periodistas, Arantxa Arcos y Raziel Roldán. Se mueven con seriedad en el mediodía lluvioso y con neblina. Saben que son vistos por los numerosos “orejas” de las distintas dependencias de gobierno, y seguramente también por “halcones” de la mafia.

“Vivir con miedo no es opción”, dice un recuadro que ha aparecido en la esquina superior derecha de los seis números de La Unión… que ha editado el grupo de Jorge, como manera de recordarles a los asesinos que no lograron callar a Moisés. Continuar la labor del padre es mantenerlo vivo.

A él y a sus ideales: no al miedo, porque conduce a la inacción y a la victoria de los que ejercen la violencia. A pesar de la posibilidad real, verdadera, de convertirse en una víctima más en un Veracruz donde matar periodistas sale gratis.

Juan Mendoza Delgado, quien era amigo de Moisés y como él, taxista además de reportero, apareció muerto el 2 de junio, exactamente cinco meses después del asesinato de su compañero. La versión oficial es que fue atropellado. Pero una venda le cubría los ojos y sus manos estaban atadas. Y de su coche no se conoce el paradero. La familia escogió el silencio: se asegura que recibieron graves amenazas.

El 28 de abril de 2015, Rubén Espinosa, un fotógrafo de 31 años con liderazgo entre sus compañeros, participó en una manifestación para rebautizar la Plaza Lerdo de Xalapa, que se encuentra frente al palacio del gobernador, con el nombre de Regina Martínez, la periodista asesinada en ese día de 2012, sin que su caso haya sido resuelto.

Rubén estaba siendo hostigado y recibió amenazas. Dijo que quería marcharse para no convertirse en el periodista asesinado número doce. Fue el catorce.

El brazo de la muerte pareció extenderse desde Veracruz hasta México, la ciudad que se creía santuario. El del 31 de julio de 2015 fue otro crimen con torturas en el que también mataron a Nadia Vera (una activista que había destacado en protestas y que, como Rubén, había declarado en prensa y televisión que si le ocurría algo, sería responsabilidad del gobierno de Duarte) y a tres mujeres más.

JORGE Y MARÍA, hijo y viuda de Moisés Sánchez, se abrazan frente a la tumba de Moisés, en la mañana del 2 de enero de 2016, al cumplirse el aniversario de su secuestro y asesinato. FOTO: TÉMORIS GRECKO

La investigación del crimen se ensució con filtraciones, manipulaciones e impericia de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal. Los hombres del jefe de Gobierno Miguel Ángel Mancera no dieron la impresión de ser muy diferentes a los de Javier Duarte. Al finalizar el año, cinco meses después, había detenidos, pero no conclusiones. Ni transparencia. Ni confianza popular.

Jorge, Arantxa y Raziel entran con sus periódicos en el café La Parroquia, donde encuentran a Norma Trujillo, otra reportera en peligro. Se saludan con gusto. Bromean. Se despiden. Ha pasado un año de un asesinato, meses de otros, años de varios más. Bajo la simpatía se siente la inquietud. Pero no es miedo. No es opción.