Dado que la vieja Europa ofrece un enorme crisol de cultura, gastronomía, idiomas y tradiciones que varían en cuestión de kilómetros, desde hace un tiempo Rail Europe ofrece alternativas de viaje que lo mismo resultan convenientes para mochileros como para experimentados viajeros de negocios, es decir: la posibilidad de planear cada paso de tu trayecto a través de distintos países en la comodidad inigualable de sus trenes de lujo.
Para quienes aún no están familiarizados con la experiencia de viajar en tren, diseñar un recorrido es algo muy sencillo, y si bien existen rutas muy populares, hay otras más que uno puede personalizar. En esta ocasión, viajamos con Rail Europe durante ocho días por Europa occidental. Esto fue lo que sucedió a bordo del tren.
París, una de las ciudades más grandes del planeta y cuya luz es inagotable, augura un prometedor inicio con sus emblemáticos monumentos y aires de nostalgia clásica. La mejor forma de comenzar a conocer esta ciudad es con un sistema como el Paris Visite. Este permite trasladarse a lo largo y ancho de la capital francesa con tanta facilidad como los locales, ya que proporciona acceso ilimitado a la red de metro y autobuses hasta por cinco días consecutivos.
Una vez que se domina el transporte público, se puede comenzar a disfrutar de unas genuinas vacaciones europeas, al grado de mezclarse a tal punto con los parisinos que casi podrían confundirlo con uno con ellos. Pero la majestuosidad de la cultura francesa es omnipresente, por ello acudimos a varios de los museos y jardines más distintivos de París: el Louvre, el Museo d’Orsay y el Centro Pompidou. En todos estos sitios se respira una energía revitalizante, y ojalá dispusiésemos del tiempo necesario para visitar los más de sesenta sitios a los que el Paris Museum Pass nos da admisión gratuita. Sin embargo, al día siguiente partiremos temprano hacia la ciudad de Nancy, no sin antes hacer una parada en Metz para admirar su majestuosa catedral gótica que data de 1552.
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Por la mañana nos despedimos de la Ciudad Luz. Una vez a bordo del tren las vistas son inmejorables. Muy pronto las vías ferroviarias se rodean por completo del aire fresco de la región de Lorraine, más tranquila, provinciana, pero de una belleza serena.
Tan pronto arriba el tren a Metz, se puede observar el Museo Pompidou, edificado justo frente a la estación de trenes. Su ubicación es interesante puesto que, de ser de otra manera, un visitante tardaría al menos una hora en llegar a un sitio turístico.
Nos dirigimos ahora a la ciudad de Nancy, la cual se localiza frente al río, y cuya cartografía y arquitectura están repletas de mezclas artísticas diversas: barroco, art nouveau y viejas influencias medievales. La plaza Stanislas, un conjunto arquitectónico del siglo XVIII, es la mejor muestra de ello.
Dos horas más tarde arribaremos a Colmar, en la región de Alsacia, una ciudad repleta de edificios y casas coloridas de estilos gótico alemán y renacentista. La catedral de San Martin es el mejor ejemplo. Colmar es un sitio ideal para catar vino alsaciano, comprar queso, choucroute, spatzle y otras delicias que se ofertan en sus típicos y pintorescos mercados.
La siguiente parada está en Suiza. El tren se detiene en Basilea, sitio en el que nos quedaremos una noche para conocer la ciudad más vieja del país. Basilea es un epicentro cultural de Europa, hogar de más de cuarenta museos y poseedora de una elegante y sofisticada vida nocturna. La cena tiene lugar en el magnífico restaurante Schlüsselzunft, cuya decoración y servicio son un clásico de la ciudad.
Al día siguiente partimos hacia Dijon; el trayecto no dura más de hora y media. Capital de la Borgoña, Dijon es mundialmente conocida por su cultura gastronómica, amén de ser la puerta de entrada a los más importantes viñedos de Francia, y una referencia mundial por su famosa mostaza.
El siguiente destino es una ciudad icónica del sur de Francia, capital de la seda y cuna del cine: Lyon. En su territorio confluyen el Río Ródano y el Río Saona, que hacen de Lyon una ciudad dinámica enclavada en el corazón de la riviera francesa. Su gastronomía es también reflejo de tal dialéctica, puesto que mezcla sabores típicos con técnicas vanguardistas.
Partimos entonces hacia Nimes, una ciudad pequeña y antigua en la que aún existen notables vestigios del Imperio Romano. Quizá por ello la impresión que produce es completamente distinta a las vibras contemporáneas y medievales de las que hemos sido testigos durante todo el viaje. Entre sus monumentos más destacados están la arena romana y la Maison Carrée, un templo dedicado a los hijos de Agrippa. Por supuesto, ambas construcciones se alejan del estilo arquitectónico francés y son auténticas piezas de historia que Nimes atesora entre sus calles.
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Se acerca el final del tour y el tren enfila hacia el sur en dirección a la ciudad más acaudalada en España y una de las predilectas de los mochileros: Barcelona.
Autodenominada la segunda capital de España por derecho propio, su vitalidad y estilo son incomparables. Dado que las opciones son infinitas en la capital de Cataluña, es importante planear y organizar previamente las actividades que habrán de realizarse. La plaza Catalunya, Las Ramblas, La Boquería, la recién terminada Sagrada Familia, el Parque Güell y la Casa Batlló, todos son imprescindibles turísticos en la ciudad condal. Sin obviar, por supuesto, al menos tres museos: Picasso, de la Ciudad y el de Arte Contemporáneo cercano a Montjuic. Todos estos sitios pueden visitarse haciendo uso de la Barcelona Card, una tarjeta que, además, ofrece viajes ilimitados en transporte público para recorrer la ciudad, así como ofertas especiales en restaurantes y tiendas.
Por supuesto no se puede poner pie en Cataluña sin probar su fascinante cocina. Sus activos culinarios son envidiados en toda Europa: olivas, alcachofas y berenjenas; pescados y mariscos frescos, merluza, lenguado, gambas, mejillones, boquerones y berberechos; embutidos clásicos españoles como butifarra, chistorra y el exquisito jamón ibérico. Todo esto puede disfrutarse, en tapas y pinchos, en el clásico mercado de La Boquería, o bien en cualquier bar tradicional de la ciudad.
La última parada del tren tiene lugar en Madrid; el trayecto no dura más de tres horas, tiempo que en años anteriores parecía impensable.
La vida urbana de Madrid se palpa desde el primer momento. Distinta inevitablemente en muchas cosas a Barcelona, en general podría decirse que es menos desenfadada. Sin embargo, en otro plano es evidente que Madrid alberga una gran parte de la historia de España. En el Museo del Prado, uno de los más importantes del mundo, las obras de Velázquez y Goya sobresalen per se, así como la narrativa de la tradición española que ha pasado por todo: imperios, renacimientos, guerras, dictaduras y crisis.
Nuestra última cena tiene lugar en el famoso restaurante Goya y nuestra última noche, en el lujoso Hotel Ritz Madrid, construido en 1910, y que no sólo sobresale como una joya arquitectónica, sino como un extraordinario mirador desde el que se puede observar el Palacio Real Español.
Trece días de recorrido, ocho ciudades emblemáticas de Europa occidental y tres países distintos. Recorrer tanto en tan poco tiempo sólo es posible debido a uno de los medios de transporte más antiguos del mundo, pero que aún hoy no pierde vigencia ni encanto. Y probablemente nunca la perderá. El tren.