El creciente poder del “sharing economy”

Uber arrancó ayer con su servicio de “chofer privado” en Uruguay,
Montevideo, sumando así 67 países en los que la empresa norteamericana circula
por las calles. Hace dos semanas, anunció que ya se podrá usar UberPool en
México, un servicio de auto compartido para aquellos cuyo origen y destino
coincidan. Venciendo todo obstáculo que se ha interpuesto en el camino desde su
creación, Uber atrae clientes nuevos cada día, seducidos, sin saberlo, por un
nuevo ideal económico y social: el sharing economy, o consumo colaborativo.

El concepto
detrás del consumo colaborativo es simple: los bienes adquiridos no siempre son
utilizados en su máximo potencial. En otras palabras, la capacidad instalada,
por ejemplo, de un coche, es desperdiciada cuando pasa el 90 por ciento del
tiempo estacionado. El modelo aplica para bienes duraderos, de precios altos,
cuyos dueños no hacen uso constante de ellos. Casas de verano, herramientas
eléctricas, espacios de almacenamiento, todo tipo de vehículos, instrumentos…en
fin. Como lo llamaría The Economist, “Lo que es mío es tuyo…por una cuota”.

¿Circular
economy? ¿Gig economy? ¿Peer economy? Se ha llamado a este esquema de muchas
maneras distintas. Lo cierto es que la relación proveedor-consumidor ya no es
la misma que hace 15 o 20 años. Empresas como SlideCar, Fon, RelayRides,
SnapGoods, BlaBlaCar, Barqo y Freecycle han generado ganancias solo por ofrecer
sitios de intercambio y renta de productos, sin tener que asumir el riesgo de
comprarlos o el costo de mantenerlos.

Airbnb es la
empresa por excelencia del sharing economy. Esta compañía fue creada en 2008 en
San Francisco, California, durante la crisis económica mundial causada por las
hipotecas en EEUU. Recientemente fue valuada en 24 billones de dólares, una
suma mayor que las marcas Hilton Hotels & Resorts o Marriot International
Inc. por ejemplo, quienes poseen más de 8,000 hoteles. Todo esto sin ser dueño
de un solo departamento o casa. Tiene dos millones de anuncios en todo el
mundo, ha albergado a más de 60 mil millones de huéspedes y tiene presencia en
más de 190 países. Sus ganancias provienen de un 3 por ciento de la reservación
mas un 6 a 12 por ciento del total de la renta.

Las plataformas
digitales también han destruido la interacción vertical entre
vendedor-comprador. Ahora, existe la posibilidad de proveer una reseña o
“feedback” de los productos y servicios, brindando así información a los demás
usuarios. Esto, además de tener un efecto de constante mejora, reduce la
incertidumbre y escepticismo que tienen algunos de utilizar una aplicación para
el teléfono inteligente en vez de ir a buscar anuncios en el periódico. El consumo
colaborativo ha crecido por un efecto similar al que tuvo el e-commerce en los
noventa: una vez que el cliente ha tenido una buena experiencia en páginas como
Amazon o E-Bay, es probable que realice compraventa en otro tipo de plataformas
con mayor confianza.

Para aquellos que
están acostumbrados a un modelo tradicional de hacer negocios, la modalidad del
sharing economy representa una amenaza, pues las nuevas generaciones se
inclinan más hacia este tipo de servicios debido a su estrecha relación con la
tecnología, además de ser una manera más de proteger al medio ambiente y
reducir la huella de carbono. En las grandes ciudades, la oposición a empresas
como Uber ha llevado tanto a acción legal como manifestaciones de tono más
elevado por parte de los monopolios locales.

Las apps están
atrayendo a un sector de la población que antes era cautivo. Si bien este tipo
de empresas surgieron cuando la economía no proveía incentivos para la
inversión, sus efectos positivos harán que la industria tecnológica siga
creciendo. Los viejos monopolios tendrán que modernizarse. Aún queda mucho por
compartir.