El espía involuntario

Jeffrey Carney se ponía más malhumorado con cada cerveza que bebía en el bar de Berlín Oriental. Con apenas 19 años, el especialista en inteligencia de la Fuerza Aérea de Estados Unidos estaba enfrentando el divorcio de sus padres, discusiones con sus jefes y lo peor para una persona con autorización de seguridad por arriba del máximo secreto, su vida homosexual clandestina. Pero Carney guardaba otro secreto que nada tenía que ver con su vida personal: como lingüista que escuchaba las conversaciones de fuerzas aliadas de los soviéticos en Europa Oriental, sabía que Washington mentía cuando describía al otro bando. El enemigo no era un coloso implacable que se disponía a invadir Occidente. Sus unidades de combate apenas eran funcionales y la realidad era que Estados Unidos hostigaba a los soviéticos para provocar un incidente que desatara una guerra.

Deprimido y buscando una salida, hacia la medianoche del 22 de abril de 1982, Carney escapó a Checkpoint Charlie, puerta de entrada a Berlín Oriental comunista y pidió asilo político. Pero no resultó como planeaba; en pocas horas, agentes de inteligencia de Alemania Oriental lo chantajearon para que regresara a su unidad como espía y dejaron claro que, si se negaba, filtrarían aquella “deserción” a sus superiores.

El nombre de Carney ha quedado en el olvido en los anales del espionaje de la Guerra Fría. Comparado con topos renombrados de la década de 1980, como el traidor CIA Aldrich Ames, Carney era un simple gusano. La noticia de su captura y encarcelamiento, en 1991, dos años después de la caída del Muro de Berlín, fue como un nota a pie de página sobre una época que todos querían olvidar en las celebraciones de la reconciliación Oriente-Occidente.

Pero un estudio de inteligencia estadounidense de máximo secreto, recién desclasificado y publicado en octubre 24, sugiere que las inquietudes de Carney estaban bien sustentadas. Titulado “El temor de la Guerra Soviética”, el documento de 109 páginas fue obtenido luego de años de litigios por el Archivo Nacional de Seguridad, grupo de investigaciones privadas de la Universidad George Washington. El estudio, que analizaba los efectos inesperados de un juego de guerra OTAN masivo, con el nombre código de Able Archer 83, halló que “los líderes militares soviéticos podrían haber estado seriamente preocupados de que Estados Unidos usara Able Archer 83 como cubierta para lanzar un ataque real” y que “el temor de la guerra era real, al menos en opinión de algunos líderes soviéticos”.

“Sin darnos cuenta, [hemos] puesto un gatillo muy frágil a nuestras relaciones con la Unión Soviética”, dice el estudio de 1990, preparado por la Junta de Asesores en Inteligencia Exterior del presidente, grupo de antiguos líderes gubernamentales e industriales prominentes. “Esta situación habría sido en extremo peligrosa si durante el ejercicio –quizás en una serie de coincidencias infortunadas o por defectos de inteligencia– los soviéticos hubieran malinterpretado las acciones de Estados Unidos como preparativos para un ataque real”.

Eso era justo lo que temía Carney, que un disparo provocara otro y tal vez hasta desatara una guerra nuclear. “Subestimamos la mentalidad rusa”, dice Carney. “Eran institucionalmente paranoicos. El estadounidense promedio no lanzaría un cohete y derribaría un avión en el aire. Pero ellos no piensan como nosotros”.

Por supuesto, cada traidor argumenta una docena de racionalizaciones para su traición, y la de Carney era que podía hablar con los comunistas para tranquilizarlos y evitar una guerra mundial. “Si ayudas a que un esquizofrénico paranoico no responda como tal, entonces haz hecho una buena cosa”, afirma. “Porque si derriban un avión, entonces regresamos y atacamos algo, y luego ellos responden y atacan otra cosa. He visto eso un millón de veces en la historia”.

El estudio señala que, en el verano de 1983, conforme se desarrollaba Able Archer 83, la radio estatal soviética comenzó ha transmitir anuncios “varias veces al día” sugiriendo que un ataque estadounidense era inminente. Letreros nuevos aparecieron en las calles de Moscú y otras ciudades mostrando la ubicación de los refugios antiaéreos. Una unidad de la fuerza aérea soviética en Polonia inició simulacros para acelerar la transferencia de armas nucleares de depósitos a los aviones. Algunos miembros de la administración Reagan temían que los soviéticos estuvieran preparándose para invadir Europa. En respuesta a un ataque de Occidente, la doctrina bélica de Moscú exigió la destrucción de la mayor parte de las ciudades y los puertos europeos con armas nucleares, seguida de una invasión terrestre masiva que pondría efectivos soviéticos en el Atlántico en solo 14 días.

“Un paso en falso habría precipitado una gran guerra”, recordó Ronald Reagan, años más tarde.

UN TABÚ DE LA GUERRA FRÍA

Carney no sabía en qué se había metido la primavera de 1983, cuando cruzó a Berlín Oriental. Su acceso a algunas de las operaciones más sensibles de espionaje electrónico del Pentágono le llevaron a reconsiderar su entusiasmo inicial por la elección de Reagan, quien declaró que la Unión Soviética era “un imperio del mal” decidido a aplastar Occidente. Informes noticiosos de la época calificaban a los rusos de incontenibles. “Creo que el primer momento en que me di cuenta de que había un problema, una gran discrepancia, fue un día cuando esperaba por el autobús”, recuerda Carney. “Stars and Stripes, el periódico militar, corrió un artículo sobre la superioridad soviética en el teatro europeo. Recuerdo haber comentado con un amigo, un lingüista ruso, acerca de las absurdas cifras y la información técnica que citaba el reportaje. Eran todo lo opuesto a lo que veíamos diariamente en nuestros informes de inteligencia”.

La verdad, prosigue, era que las unidades aliadas a los comunistas estaban obstaculizadas por escasez de combustible y alimento, alcoholismo y hasta cólera, contagiada por soldados que rotaban en Alemania Oriental procedentes del Lejano Oriente soviético. Los soldados incluso bebían líquido de frenos para drogarse, así que dudaba que muchos estuvieran listos para dar batalla. Carney comenzó a pensar: “Ronald Reagan está decidido a convertir Rusia en un imperio del mal, sea malo o no”.

En su trabajo, comenzó a manifestar abiertamente su simpatía por el gobierno sandinista de Nicaragua, respaldado por los soviéticos. Se quejó sin empacho de que Estados Unidos estaba alentando a los polacos antisoviéticos a secuestrar aviones y llevarlos a Berlín. Pidió ser transferido fuera de la división de inteligencia, pero la petición fue denegada.

Mientras tanto, vivía el tormento de mantener oculta su homosexualidad. “En esos días, no era raro que expulsaran a un aviador o soldado por ser gay”, dice. “Tenía miedo de que también me descubrieran, humillaran y expulsaran de lo único que había dado estructura a mi vida”. Así que “huyó” y cayó en los expectantes brazos de la inteligencia alemana oriental, el notorio Stasi [Ministerio de Seguridad para la RDA], que lo reclamó para sí de la guardia fronteriza de Checkpoint Charlie. Sus experimentados operadores de espías pronto echaron por tierra las ilusiones de Carney de establecerse tranquilamente en Oriente. Le dijeron que lo enviarían como topo de vuelta a su unidad. ¿Y si se negaba? Tenían su identificación militar y fotos de su presencia entre ellos, más que suficiente material de chantaje.

“Así que regresé como espía involuntario, pensando que pronto saldría del lío”, dice. “Pero, sabes, las cosas no funcionan así. Es como la Mafia, no puedes salir”.

“VAN A MATAR GENTE”

A partir de mayo de 1983, Carney empezó a buscar documentos “importantes” para robarlos y cuanto más leía, más le inquietaban los programas de guerra y las armas electrónicas de Washington, capaces de hacer humo las telecomunicaciones de comando y control soviéticas. “Su alcance y capacidad eran pasmosas”, dice. “Muchas eran exclusivamente ofensivas y… sólo se habrían usado en un escenario de primer ataque”.

Ese mismo año, Carney se enteró de que aviones de combate estadounidenses estaban a punto de ingresar en el espacio aéreo soviético para simular un ataque en un sitio militar sensible y medir la respuesta del enemigo. El temor de la guerra ya era muy álgido dado el inminente despliegue estadounidense de misiles balísticos Pershing en Alemania Occidental. En septiembre, los rusos derribaron un avión comercial coreano que sobrevoló su área de prueba de misiles en la península de Kamchatka, en el Lejano Oriente soviético y temiendo un ataque parecido, Carney corrió a informar a su operador Stasi de Alemania Oriental sobre lo que estaba por ocurrir.

Dice que otro incidente parecido, en el otoño de 1983, lo transformó de un “espía renuente en un espía muy bien dispuesto”. Como aún está clasificado, se niega a divulgar más información, pues teme regresar a la cárcel. “Fue una provocación internacional agresiva en un área muy sensible de la Unión Soviética”, informa, “la cual habría enloquecido [los radares rusos]”.

Agrega: “Cuando me lo explicaron, dije: ‘Tiene que ser una broma. Van a presionarlos al límite. Van a matar gente’”.

Ese otoño, Rusia y Estados Unidos casi iniciaron un intercambio nuclear. La noche del 26 de septiembre de 1983, sonaron las alarmas de una estación de radar soviética a 145 kilómetros al sureste de Moscú, indicando que se aproximaba un misil nuclear intercontinental estadounidense Minuteman. Luego, se disparó otra bocina, anunciando que uno más estaba en camino, luego otro, después otro… cinco en total. Llevados por el pánico, los operadores de defensa gritaban que era un ataque real. Moscú tenía que lanzar el contraataque o perdería sus fuerzas de misiles.

Lo único que evitó un intercambio nuclear en toda forma fue la fría serenidad del comandante de la unidad soviética, el teniente coronel Stanislav Petrov, según informa el reportero del Washington Post, David Hoffman, en su libro de 1999, The Dead Hand. Petrov decidió que los datos –transmitidos por un satélite soviético–, combinados con la ausencia de otros misiles entrantes, tenían que ser falsos. Así que pidió a Moscú que no respondiera. “Tenía un extraño presentimiento”, dijo Petrov a Hoffman. “No quería cometer un error. Debía tomar una decisión y esa fue”. Pero como dijo a la BBC en 2013, “fue una suerte que yo estuviera de turno aquella noche”.

11 AÑOS, SIETE MESES Y 20 DÍAS

En 1985, mientras los investigadores desenterraban espías soviéticos a puñados, Carney abandonó su polvoriento puesto en Texas y huyó a la Ciudad de México para pedir asilo en la embajada de Alemania Oriental. Esta vez lo acogieron, enviándolo a Berlín Oriental a través de La Habana y Praga. Pero Stasi no había terminado con él. Durante los cuatro años siguientes, lo pusieron a trabajar como escucha de comandantes estadounidenses en Alemania Occidental y en la embajada de Estados Unidos en Berlín Oriental.

En 1989, Stasi se disolvió y el Muro cayó. Carney encontró empleo como conductor del metro, pero en 1991, un equipo de seguridad de la Fuerza Aérea, con pistas de informantes ex Stasi, lo apresó en la calle de la antigua Berlín Oriental y lo llevó al Aeropuerto Templehof para un interrogatorio “intenso”, durante el cual le negaron asesoría legal. Veintiocho horas más tarde, lo metieron secretamente en un avión militar estadounidense y volaron de noche a Washington.

Poco después compareció ante la Corte, donde se declaró culpable de espionaje y deserción, por lo cual recibió una sentencia de 38 años. En 2002, habiendo purgado 11 años, siete meses y 20 días, fue liberado del encierro en Fort Leavenworth.

Hoy día, con el rostro hinchado y la cintura gruesa, Carney dice que no puede conseguir empleo por su condena. Para obtener un ingreso, cobra rentas en un edificio en Ohio, del cual es copropietario. En 2013, auto-publicó sus memorias, Against All Enemies: An American’s Cold War Journey, libro que ha recibido muy escasa atención. Pero ahora que Estados Unidos ha liberado el informe secreto, Carney dice que el documento explicará el porqué ayudó a los comunistas. Afirma que los espías como él, de ambos bandos, ayudaron a mantener la paz, pues descubrieron las verdaderas capacidades e intenciones militares de cada frente. Es una vana justificación personal, ya que las revelaciones de sólo dos de los topos soviéticos –Ames de la CIA y Robert Hanssen del FBI– permitieron que el Kremlin asesinara varias docenas de espías estadounidenses en Rusia.

Con todo, Carney se arrepiente de algunas cosas. “Lamento el dolor que causé a la gente, lamento haber estado en una posición en la que no pude ver toda la perspectiva y tomé decisiones que lastimaron a muchos”, dice. “Pero lo que hice no fue intencional, y hay cientos y cientos de personas que hicieron lo mismo que yo, en ambos lados: espías estadounidenses, espías rusos, espías alemanes. Todos juntos hicimos imposible que estallara la guerra. Y creo que en eso deben enfocarse”.

——

JEFF STEIN escribe SpyTalk desde Washington, D.C. Es posible contactarlo, más o menos de forma confidencial, a través de [email protected].

——

Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek