Alberto Ruy Sánchez es un explorador de sus propios límites, se conoce socráticamente a sí mismo, se deslumbra a cada instante y es así como consigue hacer de su obra literaria un vínculo místico donde se mezclan en una sola esencia el mundo, el erotismo, el autor y la capacidad milenaria de contar historias; el motivo de la charla es la publicación del Quinteto de Mogador (Alfaguara 2015), edición que reúne cinco libros publicados entre 1987 y 2007: Nueve veces el asombro, Los nombres del aire, En los labios del agua, Los jardines secretos de Mogador y La mano del fuego.
—Alberto, ¿cómo te sientes con esta edición donde por primera vez se reúnen los cinco libros en un solo tomo?
—Pues muy contento, enriquecido por la vida y por todo lo que aprendí en el camino… es extraño, pero también me hace ver una dimensión de delirio que llegó a mí desde el comienzo.
—Hace poco vi una entrevista en televisión donde te preguntaban acerca de la estructura que tenía tu obra y contestaste que era geométrica, que se definía con la unión de los cinco libros que integran ahora el Quinteto Mogador.
—Al principio me dejé poseer por una de las novelas y poco a poco me di cuenta de que todo se relacionaba y que, al mismo tiempo, estaba en un momento en que yo trataba de definir mi voz narrativa, por lo que procuraba alejarme de lo que se estaba haciendo.
—¿Qué era lo que se hacía en esos momentos, Alberto?
—Pues mira, yo veía que todos los que eran jóvenes escritores imitaban a García Márquez, a José Agustín… incluso trataban de imitar a Borges y a Rulfo.
—Hablamos, por supuesto de las referencias literarias de ese momento.
—Claro, y yo trataba de encontrar mi propia voz narrativa, pensaba que lo maravilloso del boom latinoamericano era que reactualizó los procedimientos, las técnicas y las estructuras de las vanguardias literarias. Cortázar lo había hecho, el mismo García Márquez… y esto llega hasta Roberto Bolaño. En algún momento pensé que tenía que encontrar instrumentos en horizontes que fueran mucho más amplios, pensar no solamente en la literatura, sino en prolongar el tema de la composición.
—¿Qué implicó tal ejercicio?
—Me permitió ver de qué manera se presenta el tema de la composición en otros ámbitos y fui coleccionando historias que a la vez me obligaban a contar mi propia historia de distintas maneras. Me di cuenta de que los tradicionales pero viejísimos y sabios maestros alfareros de los tableros de azulejos en Marruecos combinan formas muy distintas en una especie de mándala.
—¿De ahí tomas las referencias geométricas?
—Fíjate que algunos de ellos enciman dos cuadrados en el centro de los azulejos, por lo que forman una estrella con ocho puntas; hay otras de nueve… empecé a averiguar de qué se trataba y me di cuenta de que era una fórmula muy, muy antigua, que incluso los árabes habían tomado de la cultura de la India, que me permitía partir de una red de líneas invisibles y construir una composición literaria que resulta muy simple a la vista del lector, pero bastante retadora como creación.
—Háblame un poco más de este reto…
—Utilicé algo que llaman “el cuadrado védico”, un principio para ordenar el Universo a partir del número 9; posteriormente organicé 81 fragmentos, todo el tiempo en unidades de cinco y de cuatro, y el resultado son estas cinco novelas, que así como se pueden juntar en un solo libro, y se consigue la unidad, también se puede dividir en 81 plaquettes.
—Es como una ecuación matemática sobre una ecuación narrativa y viceversa…
—Sí, por supuesto, y tiene muchas implicaciones desde el punto de vista literario. Me propuse ser consciente de las libertades y de las limitaciones que en ocasiones damos por automáticas. Para este proyecto narrativo tomé una hiperconsciencia respecto a cómo la vida se convierte en composición y de qué manera los diferentes instantes, las distintas búsquedas e investigaciones, se convierten en lo mismo.
—En tu obra todo está conectado, la labor que realizas como editor, la que realizas como escritor, la que tienes como crítico, ¿es parte de apreciar la literatura como una vocación mística?
—Claro, porque también hay otras menciones en las cuales no enfatizo mucho, pero digamos que mi formación en la filosofía es fundamental en todo esto y, al mismo tiempo, es una especie de manía de investigador sobre el terreno, que es casi como antropología del amor y de la vida erótica.
—Hablamos también de la obra narrativa como un ejercicio multidisciplinario.
—Por supuesto, y las clasificaciones genéricas o profesionales en realidad son culturales y son posteriores a la necesidad absoluta de tratar de averiguar algo, de escuchar historias, y de tener el placer enorme de contarlas, algo que para mí es fundamental, y lo demás pues son los instrumentos de los que uno se va rodeando y las situaciones de la vida que te van alimentando y limitando al mismo tiempo; para mí, más que pensarlo como una mezcla de géneros, es una manera de estar en el mundo.
—¿Cómo son tus procesos de escritura?
—Para empezar hay que abandonar el concepto tradicional de novela al estilo americano. Tú lo puedes ver en algunos de mis libros; por ejemplo, la introducción a este quinteto que se llama Nueve veces el asombro fue publicado en España como poema, en Francia como novela y en Estados Unidos como ensayo, por lo que te das cuenta de que todas estas clasificaciones son culturales, y si los estudias en la historia de las letras te das cuenta de que hay momentos en que todo está mezclado, por ejemplo en el mundo árabe antiguo hay un género que se llama el adab, que es una mezcla de reflexión, de narración y, al mismo tiempo, de experiencia del asombro, y para todo este proyecto, esta mezcla de las tres cosas es fundamental: el asombro como una poética, la posibilidad de descubrir el mundo como algo inesperado y, al mismo tiempo, complemente luminoso y la posibilidad de contar historias humanas alrededor de esto, que son la limitación de la vida, mía y de los demás, y después el reto enorme de comprender lo que está sucediendo.
—Alberto, has señalado ya los caminos para llegar a Mogador, yo te pregunto: ¿cuáles son los caminos para salir bien librado de Mogador?
—Me gustaría que mi libro fuera sentido como esto, que Mogador fue un ámbito, que la gente se puede quedar para siempre en un fragmento con una idea, hay mujeres que se han quedado con un tatuaje.
—Porque, además, habría que definir qué es Mogador.
—Bueno, yo ejerzo voluntariamente la dualidad en la existencia de Mogador, desde el primer punto de la introducción: “Dicen que Mogador no existe porque sólo lo llevamos dentro”, y luego: “Dicen que Mogador sí existe porque lo llevamos dentro”, es decir que lo imaginario tiene una realidad muy poderosa que a veces es determinante en nuestras vidas que la materialidad de la mesa sobre la cual estamos escribiendo, y solemos no darle importancia a todo el mundo imaginario que finalmente define parte de nuestra esencia humana. Este volumen no solamente es la reunión de las novelas, ya que desde el principio traté de hacer un proyecto en el que el conjunto fuera más que la suma de las partes. Yo creo que la literatura tiene la posibilidad de hacer que los fragmentos multipliquen sus posibilidades más que sumarlas, entonces no es una antología de Mogador, no es la reunión de las novelas, sino que es otra cosa que se construye a partir de la unión de las cinco novelas.