El asilo de ancianos más grande del mundo

Como un símbolo del estado coercitivo —un gobierno autoritario dictando las decisiones más íntimas que puede tomar una persona—, pocas cosas podrían superar la política de un hijo de la República Popular de China. El gobierno comenzó la política en 1979 de frenar el crecimiento poblacional disparado en lo que era entonces un país pobre. El gobierno chino dice que se previnieron 400 millones de nacimientos. Cuando la política de un hijo comenzó, China pensaba limitar su población en el año 2000 a 1200 millones. La población en 2000 era de 1260 millones.

Pero pese a todo el éxito aparente de la política —algunos demógrafos afirman que el crecimiento poblacional se hubiera allanado incluso sin ella—, la norma draconiana dejó cicatrices emocionales, sociales y económicas en el país y sus ciudadanos lidiarán con ello por años. Sus consecuencias se sienten por toda China, sobre todo en las áreas rurales más pobres, donde su aplicación fue especialmente brutal.

El año pasado, en un caso que llamó ampliamente la atención en los medios sociales, un granjero de la provincia de Guizhou, en el suroeste de China, Wang Guang Rong, se suicidó después de que las autoridades no les permitieron a sus hijos asistir a escuelas públicas sin pagar las multas impuestas a las familias que violan la política. Wang y su esposa tuvieron cuatro hijos —algo poco común en China— mientras intentaban y finalmente consiguieron tener un niño después de tres hijas (en una sociedad confucionista y patriarcal como la de China, el deseo de descendientes varones es casi innato.) A Wang, de 37 años, se le ordenó pagar 22 500 renminbis —el equivalente a 3500 dólares—, dinero que él no tenía. El 3 de marzo de 2014, se cortó las muñecas, dejando a sus cuatro hijos sin padre.

En muchos pueblos rurales, los funcionarios frecuentemente forzaban a las madres a practicarse abortos en vez de parir un segundo hijo. Las esterilizaciones obligatorias también eran comunes. La aplicación celosa de la política de un hijo frecuentemente le dio a Pekín una atención que no quería. En 2005, un abogado ciego y autodidacta, Chen Guangcheng, organizó una demanda colectiva en nombre de las mujeres campesinas de la provincia de Shandong que habían sido obligadas a practicarse abortos.

El gobierno reaccionó con furia. Arrestó a Chen y lo enjuició por “daño a la propiedad y organizar una turba”. Pasó cuatro años en cárcel, luego pasó dos años en arresto domiciliario. En 2012, escapó y huyó a la embajada de Estados Unidos. Pekín permitió con renuencia que Chen emigrara a Estados Unidos.

Las consecuencias sociales de la política fueron profundas. El infanticidio —en particular la eliminación de niñas recién nacidas— se volvió una epidemia. Un resultado es el desequilibrio entre hombres y mujeres jóvenes. En 2009, había más de 119 niños nacidos por cada cien niñas. Para 2020, según la Academia de Ciencias Sociales de China, uno de los principales grupos de investigadores afiliados al gobierno, más de 24 millones de hombres podrían ser incapaces de hallar esposa a causa del desequilibrio de género.

La distorsión demográfica todavía mayor y atribuible a la política de un hijo, que el gobierno citó en su anuncio, es el envejecimiento rápido de la sociedad china. Alrededor de 10 por ciento de la población es mayor de 65 años, y esa cifra está a punto de aumentar considerablemente: 15 por ciento para 2027 y 20 por ciento para 2035. Fan Bao, ejecutivo en jefe de China Renaissance, un banco de inversión con oficinas en Shanghái, dice que el futuro de China es el del “asilo de ancianos más grande del mundo”.

Las cargas de cuidar de los residentes de dicho asilo caerán significativamente en la generación de un hijo: los matrimonios nacidos en la década de 1980 tendrán que cuidar de cuatro padres, de sí mismos y de sus hijos propios. Esa es parte de la razón por la cual el cambio reciente en la política es poco probable que tenga un efecto notable en la población China a corto plazo. En WeChat, la plataforma de medios sociales preferida en China, los comentarios y chistes sobre el cambio en la política abundaron después del anuncio del 29 de octubre. “Como miembro de la ‘generación fregada’, por la presente anuncio mi intención de no tener otro hijo”, dijo cierta Li Feng Wei, residente de Shanghái.

La otra fuerza que opera en contra de un cambio demográfico rápido es el costo de la vida. Los recién llegados a la fuerza laboral se quejan amargamente del precio de la vivienda en las ciudades más grandes de China, a pesar de lo que ha sido un enfriamiento pronunciado en lo que había sido un auge de bienes raíces en la década anterior. En una sencilla encuesta en línea y no científica en Sina News, un portal de noticias popular, 43 por ciento de más de 160 000 encuestados dijeron que no aprovecharían la oportunidad de tener un segundo hijo, mientras que 29 por ciento dijo que lo haría. Los restantes dijeron que esperarían a ver. Chen Li, un ingeniero mecánico de veintiocho años de edad en la ciudad oriental de Hangzhou, estaba entre los indiferentes. “Ni siquiera puedo darme el lujo de comprar un apartamento y tener un hijo”, dijo. “Tener dos es una fantasía”.

China ya había relajado un poco su política de un hijo. Las parejas donde ambos fueron hijos únicos han sido capaces de tener dos hijos por varios años. La evidencia sugiere que la renuencia a tener más de uno es real, no meramente anecdótica. Según un estudio de Stuart Basten, demógrafo de la Universidad de Oxford, la tasa de fertilidad entre las parejas donde ambos fueron hijos únicos era de 0.64 en 2003, y esta aumentó a sólo 0.89 para 2007. La comisión de planificación familiar encuestó a 38 000 parejas en 2008 y descubrió que sólo 19 por ciento de ellas querían tener más de un hijo.

La nueva política no libera a China de la burocracia que ha presidido la política de población. Pekín simplemente ha remplazado la política de un hijo con una política de dos hijos. “Los fundamentos de la planificación familiar como una política restrictiva y coercitiva no han cambiado”, dice Maya Wang, investigadora de Human Rights Watch Asia.

Dicho esto, habrá millones de ciudadanos chinos encantados de tener un segundo hijo. El ascenso económico del país ha creado una clase grande de ciudadanos de clase media y clase media alta que pueden costearse un segundo hijo. Así que dele crédito al gobierno por ello. Pero la desalentadora demografía de China está entre sus problemas más sobrecogedores, y este cambio —tan atrasado como haya sido— no estará cerca de arreglarlos al corto plazo.

Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek