“La inspiración del amor hace que el mundo camine”: Gisela Leal

Valentina Jaime de Alba, José Cayetano de María, Nicolás Santamaría Sáenz y Balbina de Quevedo Hass viven, o tratan de vivir, sus vidas entre Nueva York, Barcelona y la Ciudad de México. Jóvenes, cultos y educados, aspirantes a veces a la gran burguesía, aunque sin mucha convicción, experimentan una serie de desengaños amorosos, existenciales, económicos, familiares… que los dejarán en la estacada. Al parecer no hay manera de recuperar la esperanza, excepto de forma temporal: toda lucha parece espuria, y todo acto, inútil. Sin embargo, quizás a pesar de sí mismos, estos personajes no pueden dejar de perseguir el amor.

Por su parte, una joven amante de la belleza por sobre todas las cosas se enzarza en una ininterrumpida conversación en la que trata de averiguar, entender y explicar, a través de la literatura y hasta sus últimas consecuencias, el desgarramiento de un amor entendido, vivido y, lo que es peor, perdido. Hay vida más allá de los límites, lo entiende. Y asimila, también, que hay una vida detrás de las prohibiciones que impiden al ser humano amarse sin distinción de sexo, credo, raza, cultura o posición social.

No obstante, El maravilloso y trágico arte de morir de amor —editorial Alfaguara, 2015— es todo, menos una novela de las conocidas como rosas, explica la autora, Gisela Leal. “Porque [la novela] realmente trata de explorar la realidad. Cuando se habla del amor se tiende a conectar con el romanticismo, pero es más que nada porque se está dirigiendo al concepto de amor que hay en el mercado, el tradicional, que es todo, menos la realidad; ese está totalmente alejado de lo que, en mi percepción, es realmente el amor”.

La joven escritora añade que esa es una de las razones por las cuales es tan común que, cuando se habla del amor, se alude al sufrimiento que implica el romanticismo: “El amor sí es el sentimiento más dominante y arrebatador de todos, sin embargo, si se ve de una manera teórica o analítica, hay muchas cosas que se pueden entender. Esta novela es todo menos rosa porque está fundamentada en el tema del amor real, no en la lectura superficial; una constante es que los personajes hablan de un ser amado, pero esa no es la historia terminante, sino las diferentes capas que hay y que terminan por dar una visión completa del amor”.

Morir de amor es un acto trágico y maravilloso porque, según la autora regiomontana, al final de cuentas no existe una emoción que brinde más vida al ser humano que amar.

“Dudo que una persona que no haya amado en algún punto, a lo largo de su vida, pueda considerar que vivió. Y como esta emoción es la que más impacta en la vida de una persona, tanto de la manera buena como de la mala, creo que no hay forma de morir más bella, más excelsa, que de amor. Y vale la pena, es una experiencia que, si bien acaba con la vida, mata placenteramente después de que ya se ha experimentado una serie de emociones que hicieron que vivir valiera la pena”, dice en entrevista con Newsweek en Español.

—Gisela, ¿cuál es tu diagnóstico, en qué consiste el amor real, no el del mercado?

—Creo que las personas tenemos varias vidas a lo largo de la existencia, y esas vidas normalmente están embonadas con el amor, con la persona, con una entidad que hace que esa vida inicie y termine; en esa etapa de la vida el amor es eterno, pero al final de cuentas, cuando el amor acaba se acaba también la vida que se tenía porque se sujetan dos cambios, se modifican los pensamientos, se es tan distinto que la siguiente vida ya es completamente diferente.

“Por lo tanto, difícilmente sucederá que un amor perdure a lo largo de la existencia porque, al final de cuentas, su evolución está conectada intrínsecamente con la evolución personal, y es sumamente complicado que la evolución de uno mismo empate con la de otro exactamente a lo largo de más existencias. No digo que sea imposible, finalmente el amor puede definirse de distintas formas, pero como yo lo veo, es la evolución de la persona en compañía de alguien más que lo complemente, no simplemente que lo acompañe”.

—En la novela llega un momento en que los caminos del amor necesariamente se bifurcan…

—Es que llega un punto en el que las parejas evolucionan a velocidades diferentes, y en ese punto surge cierto desfase, pero no es porque se haya acabado el amor, sino porque esa faceta ya dio de sí. A los humanos, aprehensivos y egoístas como somos, nos cuesta trabajo entender cómo se manejan esas emociones y se empieza a ver que algo anda mal y que por eso el ser amado nos está dejando, cuando realmente esa vida ya se cumplió y es momento de empezar una distinta.

—Y también queda claro que el amor es parte inherente al ser humano…

—Uno observa alrededor, su propia vida, lo que hace sufrir a las personas, y se da cuenta de que puede haber mil y un cosas, como el trabajo, pero el único común denominador de los humanos es, precisamente, el amor. Cuando una persona tiene una ilusión, o está enamorada o con alguien que ama, eso puede moverla a querer ser mejor. Y eso tiene consecuencias que pueden parecer muy mínimas, pero, vamos, la inspiración que da el amor hace que el mundo camine.

“Yo estoy segura de que decisiones tan importantes como las de una guerra están directa o indirectamente influenciadas por una persona que en ese momento, en el fondo de su cabeza, está pensando en alguien o en algo que lo hace actuar de cierta manera, y eso tiene trascendencia no solamente en su vida, sino en todo. Si nos vamos a una visión holística, global, del amor, una persona sin este no tiene un motor, pero en el momento en el que se entiende lo que es, se aplica a uno mismo y se comparte con los demás, de modo que es imposible que el mundo no sea mejor”.

—Y el amor termina siendo preponderante en tiempos de la liberación sexual, según se asienta en la obra…

—El amor, siendo por naturaleza lo más puro e independiente que hay como emoción, no tiene por qué tener absolutamente ninguna definición: se ama lo que se ama. Lo importante es el crecimiento del espíritu, y si eso se logra amando una cosa u otra sin dañar a nadie y con respeto, la manera no tiene absolutamente nada qué ver. Creo que no debería de existir la palabra “liberación” porque no debería de haber ninguna represión detrás de la sexualidad, básicamente. Aunque tenemos la fortuna de estar en una etapa en que eso se está entendiendo en cierta forma, el simple hecho de que se mencione la palabra “liberación” nos dice qué tan mal ha estado el concepto a lo largo de la historia.