Falta de empleo las orilló a prostitución

Martha es una mujer bajita que podría pasar desapercibida, de no ser por sus expresivos ojos y blanca sonrisa, con la que invita a sus hombres a seguirla bajo las sábanas.

Al igual que una veintena de muchachas, recorre las obras en busca del sustento de cada día, pero anda de manera discreta para no encontrar “padrinos” en el camino.

Estos, son policías o empleados del municipio que intentan imponerles cuotas semanales para “dejarlas chambear”.

Enfundada en un mallón negro y una blusa de holanes café, Martha muestra tentadora su blanca piel como garantía de un buen momento.

Los trabajadores de la construcción ya la conocen y a su llegada chiflan y bromean. “Jaime, ya llegó tu novia”; entre risas y acuerdos ambos desaparecen detrás de los paredones grisáceos por unos veinte minutos.

Afuera, la obra sigue su curso con el escandaloso vaivén de la revolvedora de cemento y la paleada de los peones.

Martha resurge acompañada por Jaime y “echándole los perros al maistro” para que éste no se oponga a que interrumpa en horas de trabajo.

“Parece que el viejo entiende, sabe cómo es estar jodido”, menciona ella mientras cuenta un montoncito de siete billetes de veinte pesos, que después resguarda en una bolsita de plástico escondida en su mallón.

A su paso por las calles polvosas de San Bartolo describe su realidad, “la de mis amigas, la de mi casa, la de mi familia: estamos muy fregados y no tenemos pa’ cuando, entonces debemos buscar todo lo que se pueda”.

Según Martha, la mayoría de las “novias de los albañiles” no cuentan con un trabajo estable, la mayoría son madres solteras y, casi todas, fueron empleadas domésticas o costureras.

“Todas vivimos en barrios, en Santa Julia, en Hidalgo Unido, en La Raza, en todos lados donde hay muertos de hambre, allí estamos, como un producto del desempleo y la impunidad”.

En una ocasión, cuenta, elementos de la policía Municipal la detuvieron junto con otras cuatro compañeras y la retuvieron por cuatro horas en un cuartel de construcción.

“A güevo quería dinero, quería su mochada, quería ser padrote. Pues le dijimos que sí para que nos soltara. Luego le echamos a un judicial que lo madreó y le quitó nuestro dinerito y que se friega”, narra con los ojos más saltones que de costumbre.

Martha tiene 22 años, dos hijos, paga renta, además vive con un hermano y tres sobrinos. Lo que alcanza a juntar en las mañanas no supera los 300 o 400 pesos, en sábados, y rinde para casi toda la semana, “porque los matarifes están jodidos igual que nosotras”, afirma.

Por su actividad, un presunto inspector de Reglamentos quiso cobrar derecho de piso, “sólo decía que era licenciado y que se llamaba Juan”, con gafete en mano las amenazó de no dejarlas trabajar.

Por ello, son discretas para que nadie se entere cuál es su oficio, ni siquiera en su casa, donde diario dicen que “echan lavadas o planchan ajeno” confiesa Martha, mientras suelta la carcajada, mientras retoma su camino tan anónima como llegó.