Violencia contra la mujer: crueldad que se ha sofisticado

Antes de convertirse en la actriz de reconocimiento internacional Rita Hayworth, Margarita Carmen Cansino, su nombre real, hace sus primeros años de carrera en Tijuana. Sus inicios como bailarina están ligados a los degradantes encuentros que su padre la obliga a tener con distintos hombres. En esos momentos tan tortuosos de su vida, a Rita sólo le queda el consuelo de compartir sus sentimientos con su hermano Verny.

En la misma época, a principios del siglo XX, las parisinas Claire y Anette quedan huérfanas y, solas ante el mundo, no tienen más remedio que confiar en la palabra de un sacerdote que ofrece a la mayor de ellas buscarle un marido en México. Pero cuando las hermanas llegan a las costas de Veracruz se encuentran con una realidad inesperada y sórdida: son separadas y prostituidas.

La estirpe del silencio —publicada recientemente bajo el sello de Seix Barral— es una novela que, además, según palabras de su autora, Sandra Lorenzano, se pone en la piel de las mujeres que han protagonizado experiencias similares y reflexiona sobre el valor de la memoria, los lazos de solidaridad y la necesidad de justicia.

“El libro surge de la necesidad de compartir mi tristeza, mi dolor, pero también mi indignación sobre la violencia en contra de las mujeres que vivimos en nuestro país”, señala Lorenzano. Y añade: “México ocupa un deshonroso y altísimo lugar con respecto a la violencia de género, y yo pensaba que como sociedad es increíble el cómo aprendemos a convivir con el horror, a leer noticias atroces, y a que la vida siga como si nada. Y de pronto pensé que yo tampoco hacía demasiado, que ya era hora de convertir ese espanto y enojo en literatura, porque finalmente es lo único que tengo, las palabras y la posibilidad de crear algo”.

Para tales efectos, la autora considera que la literatura le permite de alguna manera propiciar una sensibilización entre los lectores y tratar de volverlos más empáticos con el sufrimiento de las mujeres violentadas.

“Pero no me interesaba escribir un libro de sociología sobre violencia hacia las mujeres, ni una historia de la violencia de género, sino un ejercicio literario, que para mí es mucho más eficaz y cercano”.

En entrevista con Newsweek en Español, la escritora argentina explica que sobre Rita Hayworth, uno de los personajes relevantes de La estirpe del silencio, existen pocas referencias sobre su vida en Tijuana y la violencia de la que fue víctima por parte de su propio padre.

“Su papá, Eduardo Cansino, era un bailarín español avecindado en Nueva York que, cuando vio que el negocio ya no estaba en el teatro musical, se mudó con toda la familia a California a probar suerte en el cine. Este hombre obligó a Rita a ser bailarina. Eso se suma al abuso sexual y al abuso psicológico. Y cuando esta niña tiene unos trece años, ya con cuerpo de mujer, entonces el padre hace pareja de baile con ella. Y es tan ambigua su relación que la gente decía que ella era su amante joven.

“Cuando descubrí esta historia, conocida gracias a los testimonios de Orson Welles, que fue su marido, me di cuenta de que Rita simbolizaba, y tenía que hacerlo en la novela, a todas las mujeres que pasan en nuestro mundo por situaciones de violencia: violencia intrafamiliar, vinculada a la trata, sexual, etcétera, y así ella cobró un papel protagónico en diálogo permanente con otras mujeres que aparecen en la obra y que muestran distintas formas de también enfrentar la violencia, desde aquellas que están sometidas y no tienen posibilidad de salir de ella hasta aquellas que se sienten empoderadas con esta violencia y dicen: esto se acabó”.

—¿En qué ha cambiado la violencia contra la mujer y la trata de personas de aquella época en comparación con la actual?

—Carajo, hemos sofisticado la crueldad. El crimen organizado tiene cada vez más poder en el mundo, la trata de personas se ha vuelto un negocio mucho más redituable hoy que en las décadas de 1930 y 1940, la impunidad es reinante. Nuestro país ha hecho que los crímenes en contra de las mujeres no ocupen casi ningún espacio en los medios ni en las preocupaciones, parece que si eres mujer o eres madre de una chica desaparecida a nadie le importa.

“Al mismo tiempo, frente a esto han surgido voces con mucha conciencia, organizaciones, grupos, no sólo de mujeres, sino también de hombres, que eso es algo que me importa que quede claro, hay hombres geniales y solidarios que apoyan a estas mujeres y las ayudan a salir adelante”.

—Frente a la agudización del horror, nuevas voces.

—Son voces que antes no existían porque no conocíamos la dimensión del problema o no tenía esa dimensión. Pero a mí me parece que es uno de los problemas más terribles, y tampoco es que dependa sólo de la voluntad de una sociedad o de un gobierno, es un problema internacional y que tenemos en la puerta de casa.

—Por eso la novela también reflexiona sobre el valor de la memoria y la necesidad de justicia…

—Un tema que me interesa mucho siempre es la relación de la memoria con la justicia. El tema de la justicia es importante, pues en realidad lo puedes extender a toda la problemática vinculada a la violación de los derechos humanos o cómo se hace justicia. A mí me sorprenden las madres de los desaparecidos en Argentina, en Guatemala, cómo hacen para no tomar una pistola y salir a asesinar. Y, por supuesto, son las que saben lo que hay que hacer, hay que generar una conciencia tal en la sociedad, una masa crítica, de tal envergadura, que entre todos podamos exigirle a la justicia que cumpla con su deber, pero es un tema muy terrible.

“Lo otro —finaliza— es el tema de los silencios: cómo de alguna manera un discurso dominante, oficial, para construirse tiene que acallar y silenciar todos los otros discursos, las otras voces. Creo que una de las pocas cosas que la literatura quizá puede hacer es, no darle voz a los que no tienen voz, a mí esa frase no me gusta porque todos tenemos voz, pero sí dejar espacios para que esas otras voces se escuchen. Y eso es lo que me gustaría también haber logrado con la novela”.