Zak Wilson piensa que, en un futuro próximo, habrá seres humanos en Marte. También cree tener una muy buena posibilidad de ser uno de ellos.
No es un candidato para la misión Mars One, el plan impulsado por empresarios holandeses para entrenar y enviar a ciudadanos comunes en un viaje sólo de ida a Marte en 2026, ni tampoco es un soñador. Es un ingeniero de materiales que recientemente concluyó un experimento de ocho meses para averiguar qué les ocurriría a los seres humanos durante el tipo de viaje espacial de larga duración que se requeriría para llegar al planeta rojo.
El experimento fue parte del proyecto de Exploración Espacial Análoga y de Simulación de Hawái (HI-SEAS, por sus siglas en inglés) de la NASA, una serie de estudios para analizar la manera en que el aislamiento y el confinamiento a largo plazo podrían afectar la psicología y el trabajo en equipo de la tripulación. El HI-SEAS comenzó en 2013, y ha llevado a cabo tres misiones; la cuarta comenzó el 28 de agosto y durará 365 días (doce meses son todavía muchos menos que los que se requieren para realizar una expedición real a Marte; la mayoría de los perfiles reales de misión tienen entre dos y medio y tres años de duración). En cada estudio, seis futuros astronautas son colocados en un hábitat aislado en forma de cúpula de 304.8 metros cuadrados, en condiciones de vida que son lo más marcianas que se pueden lograr en la Tierra: las faldas del volcán Mauna Loa en Hawái.
La Gran Isla, como se le conoce a menudo, es estéril, está cubierta de montañas y cumbres llenas de rocas volcánicas de color rojo. Al igual que en Marte, “Hay llanuras abiertas y muchos cráteres”, señala Sophie Milam, estudiante posgraduada en ingeniería de la Universidad de Idaho y que es, a sus veintisiete años, la tripulante más joven de la tercera misión de HI-SEAS. También está el Mauna Loa, el volcán más grande del mundo, considerado el segundo mayor volcán de todo el sistema solar, sólo después del Monte Olimpo de Marte.
Un importante componente de los experimentos consiste en exponer a estos conejillos de indias humanos a la austeridad extrema. Por ejemplo, sólo tienen acceso a un suministro muy limitado de agua (cada participante puede ducharse durante siete minutos a la semana, como máximo), y se alimenta exclusivamente de comida deshidratada, a menos de que puedan generar su propia forma de cultivar productos frescos. En el equipo de la misión recientemente concluida estaba Martha Lenio, una experta en sostenibilidad y jardinería en interiores, quien se las arregló para cultivar algunos tomates saludables. Los miembros también están obligados a soportar el tipo de aburrida comunicación que experimentarían en Marte. Por ejemplo, el envío y la recepción de correo electrónico tienen una demora artificial de veinte minutos.
Aunque es imposible reproducir plenamente la baja gravedad y los campos magnéticos de la superficie marciana, las actividades extravehiculares, o EVA por sus siglas en inglés, dan a los investigadores una probada de cómo sería explorar ese inhóspito planeta. “Cuando caminas con un traje espacial, es muy difícil juzgar dónde están tus límites”, señala el tripulante Neil Scheibelhut. “Sientes esa fuerza sobre ti, y te preguntas por qué te inclinas así, y de repente te das cuenta de que es el viento, pero no puedes sentirlo”.
Cada uno de los investigadores que participan en la misión reaccionó de manera distinta ante el confinamiento. Jocelyn Dunn, candidata al doctorado en ingeniería industrial por la Universidad de Purdue, dice que a menudo anhelaba tener tan sólo unos minutos a solas. Cada miembro pasa la mayor parte del día en compañía de otros miembros del equipo, y el material utilizado para la construcción de la cúpula es tan delgado que incluso con la puerta cerrada es posible escuchar la actividad del equipo afuera. Pasar tanto tiempo con un grupo tan pequeño también puede crear una intensa sensación de soledad. “Está muy aislado del resto del mundo”, señala Allen Mirkadyrov, ingeniero aeroespacial de la NASA y tripulante. “Seis personas no bastan para hacerte sentir parte de una comunidad o de una sociedad”. También están las experiencias prosaicas y claramente terrenas que extrañaban: sentir el sol en la piel, el olor del pasto, el sabor del filete y el canto de los pájaros. “No hemos visto ningún animal en ocho meses”, dice Wilson.
En muchos sentidos, estas distintas reacciones individuales son el objetivo del experimento. Algunos desafíos físicos y psicológicos de los viajes espaciales a largo plazo son obvios (comida, aislamiento), pero otros son imprevisibles hasta que se lleva a personas reales al campo o, en el lenguaje de la ingeniería, cuando se realiza una “investigación análoga”.
“Marte es el proyecto definitivo de sostenibilidad”, dice Lenio. “Vivir en Marte implica tener una forma de reciclar cada recurso: aire, agua, alimentos e, incluso, los desechos. Olvidamos que debemos reciclarlo todo porque la Tierra lo recicla por nosotros, pero en Marte uno no tiene ese privilegio. Así que si podemos hallar una manera de hacer esto en Marte, esto seguramente tendrá implicaciones aquí en la Tierra”.
Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek.