Rachel Ranft conduce una pickupsalpicada de lodo lentamente a lo largo del River Road, una estrecha franja de asfalto pocos metros arriba del ahora plácido río Blanco en Wimberley, Texas. Se estaciona cerca de un enorme ciprés calvo, una conífera nativa del centro de Texas que crece junto a arroyos o cerca de manantiales. Este mide alrededor de treinta metros de alto y dos de circunferencia. Un revoltijo de detritos rodea su tronco como una bufanda fibrosa, y su corteza áspera se separa en tiras largas, mostrando la madera lisa y pálida. Un árbol igual de grande yace a su lado, sus raíces y demás, arrancadas del suelo. Miles de árboles a lo largo del río sufrieron recientemente destinos similares, víctimas no sólo de una inundación súbita, sino de la afición humana por los paisajes muy cuidados.
El río Blanco nace en manantiales del condado Kendall, fluye 140 kilómetros sobre afloramientos de caliza en el condado Hays, a través de las ciudades de Blanco y Wimberley, antes de verter sus aguas de un verde pálido en el río San Marcos, el cual a su vez fluye hacia el Guadalupe y, finalmente, al Golfo de México. Antes de la inundación, la mayoría de las cabañas vacacionales y las casas de todo el año que bordean el río en Wimberley tenían céspedes podados, típicamente pastos de San Agustín o Bermuda no nativos, intercalados con cipreses grandes y maduros.
Este paisaje era inadecuado para soportar la inundación, señala Ranft, directora de proyectos para The Nature Conservancy (TNC). Al contrario de la vegetación nativa, el prado podado no establece el sistema de raíces necesario para mantener el suelo en su lugar. Los árboles grandes y solitarios soportan el embate de la crecida y los detritos, mientras que en una mezcla de árboles de diferentes tamaños, los pequeños se doblarán en lugar de romperse, frenando las aguas y absorbiendo algo de su fuerza.
En este caso, la fuerza fue considerable. Antes del amanecer del domingo 24 de mayo, cayeron alrededor de veinticinco centímetros de lluvia en unas cuantas horas en esta cuenca, en una tierra de por sí saturada por semanas de precipitación constante. El río creció rápidamente, y alcanzó más de ocho metros por encima de la etapa de inundación. Una pared de agua rugió corriente abajo, mató a trece personas y destruyó o dañó cientos de hogares alrededor de este pueblo turista a unos sesenta kilómetros al sudoeste de Austin.
Los residentes de Wimberley se reunieron de inmediato, se lamentaron por quienes murieron, buscaron a los desaparecidos, alimentaron a los vecinos y limpiaron la zona. Pero la gente aquí también lamentó de inmediato y profundamente la pérdida de 60 a 75 por ciento de los icónicos árboles en los márgenes, calculados en 13 800 especímenes de cipreses, nogales, cedros, olmos y robles. “A los pocos días [de la inundación], mientras todos lidiaban todavía con la pérdida de sus hogares y posesiones materiales y la gente todavía perdida, la gente alrededor del Blanco estaba preocupada por los árboles”, dice Paul Johnson, coordinador del programa de silvicultura urbana y comunitaria del Servicio Forestal de Texas A&M. Aparte de su belleza estética y su sombra —preciosa en un área donde las temperaturas veraniegas rutinariamente rebasan los 32 grados centígrados—, los árboles saludables reducen la erosión, frenan las típicas crecidas de aguas, limpian el aire y proveen hábitat y alimento a la vida silvestre.
“Estos árboles eran muy importantes para la calidad de vida, el hábitat natural y la industria turística aquí”, dice Will Conley, comisionado del condado Hays. En 2011, la Autoridad del Río Guadalupe-Blanco analizó los anillos de los cipreses a lo largo del Blanco y dató un árbol en por lo menos 1426, casi cien años antes de que los exploradores españoles llegaran a lo que es ahora Texas. “Sólo piense en todo lo que estos árboles han visto en ese tiempo”, dice Conley. La inundación se llevó el árbol de 1426.
El volumen y la velocidad del agua arrancaron los árboles del suelo, y los detritos y el cascajo que llevaban tumbaron ramas y rasparon corteza de los troncos. Esta pérdida de corteza puede ser fatal. Los conductos debajo de la corteza llevan los nutrientes obtenidos por la fotosíntesis en las hojas de un árbol a las raíces. La pérdida de corteza alrededor del tronco hambrea a las raíces y con el tiempo mata al árbol, una amenaza que enfrentan muchos de los cipreses todavía en pie.
Después de desastres como este, los terratenientes públicos y privados a menudo empiezan inmediatamente a tirar los árboles muertos o dañados y retiran las ramas caídas y otros detritos. Pero eso, a decir de los expertos, es lo peor que se puede hacer, porque puede evitar que el río se recupere por completo. Las ramas, sedimentos y árboles caídos proveen nutrientes para que vuelva a crecer la vegetación y, mientras tanto, ayudan a mantener en su lugar la tierra. Los detritos contienen semillas y raíces sobrevivientes que pueden vegetar de nuevo y de forma natural la ribera. Las pilas enmarañadas también forman una barrera natural que protege a los árboles jóvenes de ser devorados por los abundantes venados del área. La inundación es un proceso natural del río, y la naturaleza tiene la capacidad de curarse a sí misma, si se le da tiempo.
En algunos lugares a lo largo del Blanco, podría ser demasiado tarde. Hay áreas aquí y allá que ya han sido limpiadas; en algunos casos, grandes círculos de ceniza blanca sugieren que fueron quemados. Y si se usó maquinaria pesada, tal vez haya dañado irreparablemente la ribera, compactando la tierra y dificultando que crezcan las plantas, o excavando la tierra y contribuyendo a la erosión.
Ranft, Johnson y otros ahora educan a los terratenientes a lo largo del Blanco en las mejores prácticas para después de una inundación. TNC espera enfocarse en terratenientes de áreas de alto perfil que están dispuestos a trabajar con la organización para demostrarles a otros cómo se ve una margen natural.
“Esperamos que este pueda ser un punto de inflexión para una mejor administración”, dice Ranft, que crearía un paisaje más resistente a inundaciones futuras. Un principio básico de ello serían pequeñas áreas de pastos nativos donde la gente usa la ribera, así como una variedad de vegetación y árboles nativos en otras partes, para reemplazar la diversidad que otrora ocurrió naturalmente a lo largo del río. Este tipo de buena administración de tierras se vuelve cada vez más importante, dice Laura Huffman, directora estatal de Texas de TNC, ya que la población sigue creciendo y el cambio climático hace más recuentes e intensas las inundaciones, las sequías y otras disrupciones a la norma. “Esta inundación fue trágica en una escala humana y ecológica”, dice Huffman. “Pero es una oportunidad para pensar de manera diferente sobre cómo responder”.
La tragedia podría traer otro beneficio: “La gente pregunta qué hacer en su tierra, invitándonos a participar”, dice Ryan McGillicuddy, un experto en conservación del Departamento de Parques y Vida Silvestre de Texas. Los texanos consideran sacrosanto el derecho a hacer lo que quieran en su propiedad, haciendo que tales invitaciones sean difíciles de conseguir. Y dado que la mayoría de la tierra a lo largo del río es privada, el potencial de asociarse con los terratenientes locales será clave para regresar al Blanco a un estado más natural del que tenía antes de la inundación, como lo dice Conley, “repararlo apropiadamente para la siguiente generación”.
Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek.