El año pasado, Hadas Kedar hurgó entre los cajones del departamento de sus padres, buscando pruebas de la vida de su familia en Hungría en la década de 1920. Al final encontró varios certificados de nacimiento y diplomas de la escuela primaria, los puso en una carpeta, esbozó un árbol genealógico y llevó los papeles a la embajada húngara en Tel Aviv. Como miles de israelíes, Kedar, una artista de cincuenta años, espera adquirir la ciudadanía europea. Sin embargo, su solicitud es única y simbólica: se relaciona con Theodor Herzl, el periodista nacido en Hungría y fundador del estado judío.
En julio, poco antes de que el país se preparara para conmemorar el 111 aniversario de la muerte de Herzl, visité a Kedar en su departamento, ubicado cerca de la calle Herzl, en el centro de Tel Aviv. Mientras nos sentábamos en su sala que da hacia la playa, Kedar me mostró una copia marcada del diario publicado de Herzl. Ella ama el texto y no ve ninguna contradicción entre las ideas de Herzl y su deseo de obtener la ciudadanía de la UE. “Sus palabras fueron mal utilizadas”, dice. “Los partidos políticos de derecha se apropian de sus palabras.” Siendo una ardiente liberal y partidaria de un Estado palestino, Kedar tomó su decisión como producto de la frustración: la ocupación israelí parece firmemente arraigada, y el proceso de paz luce irrevocablemente estancado. Y en el futuro próximo, ella y muchas otras personas esperan que Israel libre otra guerra con islamistas radicales en la región. “Quería abrir opciones para mí y para mis hijos”, dice. “No estoy segura de que a Herzl mismo le hubiera gustado estar en Israel en estos días.”
Las opiniones de izquierda de Kedar son minoritarias en Israel, pero su búsqueda de la doble ciudadanía se ha vuelto más común. Durante los últimos quince años, mientras la Unión Europea se expande y al tiempo que el terrorismo y la guerra continúan atormentando al estado judío, los israelíes se han precipitado a adquirir la ciudadanía de los países de los que sus familiares huyeron antes y después del Holocausto. El gobierno español anunció en julio que concedería la ciudadanía a los descendientes de las familias judías expulsadas por la Inquisición en 1492; se espera que esta acción atraiga a más solicitantes para obtener un darkon zar, o “pasaporte extranjero” en hebreo.
Entre 400 000 y 500 000 israelíes tienen un pasaporte europeo, afirma Yossi Harpaz, estudiante de doctorado en la Universidad de Princeton, más del doble de la cifra calculada en 2000. Añádanse los 500 000 israelíes que ya tienen pasaportes estadounidenses, rusos o de otros países, lo cual da una suma de cerca de un millón de personas, o aproximadamente uno de cada ocho israelíes con doble ciudadanía. Cerca de 75 por ciento del país es de origen judío, y de esa cifra, casi la mitad tiene su linaje en Europa (la otra mitad, conocida aquí como mizrahim,proviene del Medio Oriente y el norte de África). Así que, para muchos israelíes, parece que la verdadera solución de dos estados implica tener un segundo pasaporte.
Sin embargo, esto no quiere decir que un gran número de judíos israelíes regresarán a Europa para siempre. En realidad, el número de judíos que llegan a Israel todos los años es aproximadamente igual al de aquellos que dejan el país. Los israelíes requieren pasaportes extranjeros en cantidades sin precedentes, pero parecen guardarlos para tiempos de necesidad; la verdadera migración de Israel no ha cambiado considerablemente. “Yo no diría que es el final del sionismo”, dice Harpaz. “Pero significa que hay una manera distinta de ser israelí.” Sin embargo, algunos políticos advierten que, bajo la amenaza persistente del terrorismo o el surgimiento de un Irán nuclear, las futuras generaciones de israelíes finalmente decidirán irse. “Pienso que el fenómeno se relaciona con la falta de la seguridad que los israelíes sienten a menudo con respecto al futuro del país”, señala Ofer Shelah, miembro ilustre del Knesset (Parlamento Unicameral de Israel) por el partido centrista Yesh Atid. “Pensaba que el estado de Israel había sido creado en parte para liberarnos de los miedos históricos del pueblo judío, pero al parecer dichos miedos todavía están ahí.”
Desde la fundación de Israel, en 1948, el país ha enfrentado distintas amenazas, desde un ataque realizado por Egipto y Siria durante la guerra de 1973 hasta los bombardeos suicidas en clubes nocturnos y cafés en las décadas de 1990 y 2000. En la actualidad, cerca de un año después de la guerra en Gaza, la poblada franja costera permanece en silencio, pero la seguridad de Israel parece más precaria que nunca. A pesar del reciente acuerdo nuclear entre Irán y seis potencias mundiales, o quizá debido a él, muchos israelíes temen que Irán adquiera armas nucleares. Más cerca de casa, militantes del estado Islámico (y sus representantes) se han acercado a las fronteras de Israel con Egipto y Siria. Los ataques palestinos han creado estragos en Jerusalén, y al norte de Israel, Hezbolá tiene unos cien mil cohetes dirigidos hacia el estado judío. Como me dice desde el anonimato un diplomático europeo, “desde el primer momento en que se desata una guerra con Gaza, comienzo a recibir llamadas de israelíes con doble ciudadanía preguntándome si mi gobierno los evacuará en caso de necesidad”.
En su investigación, Harpaz descubrió que las principales razones por las que los israelíes desean un pasaporte extranjero eran tener una póliza de seguro para la próxima guerra, poder estudiar en el extranjero y poseerlo como un símbolo de estatus: “A diferencia de otros países, la seguridad, y no la situación económica, parece tener una función muy importante en el deseo de obtener pasaportes extranjeros”.
Sin embargo, no todos los israelíes con un pasaporte extranjero desean salir del país. En ocasiones, es al contrario. En los últimos años, la cantidad de titulares de pasaportes extranjeros ha crecido en Israel, en parte debido a la llegada de judíos franceses que huyen del antisemitismo en Europa; 7300 se mudaron a Israel el año pasado, de acuerdo con datos proporcionados por la Agencia Judía para Israel. Y después de los ataques terroristas perpetrados en enero contra Charlie Hebdo y un supermercado kosher en París, se espera que esta cifra alcance un punto máximo este año.
La mañana de un viernes reciente me reuní con algunos jóvenes israelíes que esperaban afuera de la embajada polaca en Tel Aviv. Entre ellos se encontraba Maya Herzberg, estudiante de leyes de veintiocho años. Ha estado en Polonia una vez, durante un viaje para recordar el Holocausto, organizado en su escuela secundaria. “Si Polonia no estuviera en la UE —dice—, nunca lo habría hecho. Pero este pase me da una alternativa de permanecer en cualquier lugar de la UE, y estoy pensando en estudiar mi maestría en alguna parte de Europa occidental.”
La madre de Herzberg, Sarah, está más preocupada por la seguridad de su hija. “Las cosas no mejoran aquí —apunta—, y queríamos cuidar a nuestras hijas si Israel se convierte en un lugar peligroso para vivir.”
Escenas como la anterior podrían repetirse pronto fuera de la embajada española. El número de solicitantes potenciales, de acuerdo con los cálculos israelíes, es de varios cientos de miles, una cifra que incluye algunos mizrahim cuyas familias terminaron en Marruecos o en partes del Medio Oriente después de ser echadas de España. Sin embargo, debido a que el proceso requiere demostrar una conexión cultural con España, entre otras cosas, el número podría ser considerablemente inferior, señalan los abogados que participan en el proceso de aplicación.
Kedar espera que su pasaporte le llegue en cualquier momento. “Tengo una fantasía en la que vuelvo a Budapest con mi nuevo pasaporte —dice—. Voy a la cervecería que mi familia tenía y que vendió a muy bajo costo para poder escapar… Les digo: ‘Hemos vuelto’. Por un tiempo tratamos de vivir en otros lugares. No resultó. Volvamos a empezar.”
Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek.