Turquía alardea

Hacia finales de julio, el presidente turco Recep Tayyip
Erdogan fue a la guerra. Siguiendo sus órdenes, 40 jets bombardearon fortalezas
en el norte de Irak que pertenecían a separatistas kurdos, matando al menos a
190 militantes, de acuerdo con el ejército turco. La policía turca también
capturó a 1,050 sospechosos de terrorismo en incursiones realizadas en todo el país;
algunos de ellos eran partidarios de ISIS y grupos de izquierda radical, pero
más de 80 por ciento de ellos eran sospechosos ligados al Partido Obrero de
Kurdistan, o PKK. Al mismo tiempo, militantes kurdos emboscaron vehículos del
ejército, le dispararon a la policía en las calles de varias ciudades turcas y
bombardearon estaciones de policía, matando al menos a 13 personas en las dos
semanas más sangrientas de violencia entre turcos y kurdos que ha habido en
décadas.

Apenas unos meses después de que Erdogan estuvo a punto de
lograr un importante tratado de paz con los kurdos, que habría dado por
terminada una insurgencia de 30 años en el sudeste de Turquía, la cual ha
cobrado casi 40,000 vidas, la guerra ha vuelto de nuevo. “Para nosotros,
es imposible continuar el proceso de paz con quienes amenazan nuestra unidad y
nuestra hermandad nacional”, declaró Erdogan al anunciar los ataques
aéreos para vengar los ataques del PKK contra soldados turcos.

El paso de un estado muy cercano a la paz a la guerra total no
sólo ha sido repentino; es también un giro radical para Erdogan y su Partido
AK, de tendencia islamista conservadora. Durante la mayor parte de sus 12 años
en el poder, Erdogan ha sido un aliado de la minoría kurda de Turquía, que
cuenta con 20 millones de miembros. “Sé cómo han sufrido mis hermanos
kurdos”, dijo Erdogan en 2011, en un mitin en Diyarbakir, la ciudad con la
mayor población kurda de Turquía. Dejando a un lado décadas de desconfianza
nacionalista, Erdogan declaró el fin de la asimilación forzada de los kurdos y
legalizó la creación de canales de televisión en lengua kurda. Y este mes de
febrero, sus principales subalternos se sentaron con representantes del PKK en
el Palacio de Dolmabahce de Estambul para discutir los detalles de un desarme
completo del grupo insurgente y negociar su retirada total del territorio
turco.

“Las conversaciones estuvieron muy cerca de producir un
gran avance”, señaló un diplomático occidental de alto rango en Angora que
siguió de cerca el proceso de paz. “Pero los líderes del Partido AK
tomaron la decisión de posponer el establecimiento de un gran acuerdo sobre la
cuestión kurda hasta después de las elecciones [parlamentarias] en junio… Les
dijeron a los kurdos: voten por el Partido AK, y les daremos lo que quieran en
la mesa de negociación.”

Erdogan dijo otro tanto al hablar en un mitin en Gaziantep en
marzo. “¿Están listos para un arreglo decisivo [para la cuestión
kurda]?”, preguntó Erdogan a sus partidarios. “Entonces, hermanos,
dénnos a 400 diputados y dejen que este asunto se resuelva pacíficamente.”

El problema fue que los kurdos de Turquía no lo escucharon.
Abandonaron en masa el Partido AK y votaron, en cambio, por un nuevo organismo
político, el Partido Demócrata del Pueblo, o HDP. En un sorprendente resultado,
el HDP logró 13 por ciento del voto, superando el umbral de 10% que permitió al
partido entrar en el parlamento con 80 miembros, y privar al Partido AK de
Erdogan de una mayoría general por primera vez desde 2002.

De la noche a la mañana, el Partido AK dirigió sus armas
retóricas y políticas al HDP y a su joven y carismático líder, Selahattin
Demirtas. El Viceprimer Ministro Yalcin Akdogan, quien representó al gobierno
en las conversaciones de Dolmabahce, denunció al HDP como una “fachada”
y “subcontratista” del PKK, que está designado como un grupo
terrorista por Turquía y Estados Unidos.

Sin embargo, fue el PKK el que hizo que las crecientes
tensiones desencadenaran la violencia. El 16 de julio, el grupo, cuyo cuartel
general se encuentra en la cordillera de Kandil, en el norte de Irak, anunció
el final de un cese al fuego de dos años, y pocos días después empezó a matar a
policías turcos. Cuando un bombardero suicida entrenado en Siria por ISIS mató
a 32 jóvenes estudiantes voluntarios pro-kurdos mientras se reunían en el
pueblo fronterizo de Suruc, Turquía, la respuesta del PKK fue culpar a los
servicios de seguridad turcos por permitir el ataque, y se vengó matando a
cuatro soldados turcos. La reacción del estado turco fue rápida y devastadora:
ataques aéreos contra objetivos de ISIS en Siria, y contra objetivos del PKK en
Irak. Asimismo, Ankara finalmente cedió a meses de presión estadounidense y
permitió que los aviones militares de ese país cruzaran la Base Aérea Incirlik,
en el sureste de Turquía, para lanzar una campaña aérea contra ISIS.

Aunque es indudable que el PKK empezó la guerra declarada,
también es cierto que el conflicto con los kurdos conviene a los propósitos
electorales del Partido AK. Hasta ahora, el primer ministro Ahmet Davutoglu,
que es un aliado cercano de Erdogan, no ha logrado llegar a un acuerdo de
coalición después de las elecciones con ningún partido de oposición. Esas
conversaciones están en curso. Pero una manera más radical de avanzar que,
según se informa, es favorecida por importantes miembros del Partido AK, entre
ellos Erdogan mismo, sería romper el punto muerto de coalición convocando
nuevas elecciones. Es una estrategia arriesgada, pero si el Partido AK logra
recuperar una mayoría lo suficientemente grande, Erdogan puede presionar a
favor de su proyecto favorito de reescribir la constitución de Turquía para
crear una presidencia ejecutiva de estilo francés, concediéndose a sí mismo
amplios poderes. “Erdogan se preguntó a sí mismo qué le había impedido
ejercer el pleno poder ejecutivo”, señala Murat Yetkin, comentarista
veterano. “La respuesta es el HDP. Si el HDP puede ser empujado bajo el
umbral de 10% en una nueva elección, el Partido AK podría crecer otra vez y el
problema podría solucionarse.”

Evidentemente, el Partido AK cuenta con la renovación del
conflicto con los kurdos para desacreditar al HDP. Como consecuencia de los
ataques del PKK, Erdogan pidió que Demirtas y los miembros del parlamento del
HDP fueran despojados de su inmunidad parlamentaria para que pudieran ser
investigados por sus “vínculos con organizaciones terroristas.” Por
su parte, los parlamentarios recién elegidos del HDP dieron la bienvenida a la
sugerencia e incluso actuaron para entregar su inmunidad voluntariamente, además
de sugerir que todos los demás miembros del parlamento hicieran lo mismo.
También presentaron un descarado contragolpe, solicitando que varios
funcionarios de alto rango del Partido AK fueran investigados por corrupción y
enriquecimiento ilícito mientras estaban en el poder. Evidentemente, toda
esperanza de una verdadera reconciliación actual con los kurdos ha quedado en
segundo término en la mente de Erdogan, cuyo principal objetivo es destruir al
HDP.

“A Erdogan empezó a disgustarle el proceso de paz con el
PKK cuando el HDP surgió como un obstáculo para sus ambiciones
presidenciales”, señala Mustafa Akyol, autor del libro Islam Without
Extremes: A Muslim Case for Liberty (Islam sin extremos: Un argumento musulmán
a favor de la libertad). “En otras palabras, esas ambiciones son lo
primero, y la paz no es muy bienvenida cuando no sirve al propósito político
[del Partido AK].”

Las renovadas hostilidades preocupan a los aliados de Turquía y
complican los esfuerzos dirigidos por Estados Unidos para combatir a ISIS. En
Siria, los combatientes kurdos conocidos como Unidades de Defensa del Pueblo, o
YPG, son el baluarte principal contra la expansión de ISIS y han estado
recibiendo armas, así como apoyo aéreo y de inteligencia, por parte de Estados
Unidos. Sin embargo, dado que el YPG está estrechamente aliado con el PKK,
Angora muestra una profunda cautela con respecto a cualquier cosa que
fortalezca a los kurdos de Siria, que también han comenzado establecer cantones
autogobernados a lo largo de la frontera con Turquía. Angora se opone a ellos,
pues la independencia de los kurdos sirios podría inspirar a sus hermanos
étnicos de Turquía.

“Idealmente”, señala el diplomático occidental
residente en Angora, “a los turcos les gustaría ver [a ISIS] y a los
kurdos combatir unos contra otros en el terreno, y después atacar al
ganador.”

Es difícil culpar a Erdogan por responder a los ataques del
PKK. Pero aunque el ataque a los kurdos podría convenir a los fines políticos a
corto plazo del Partido AK, ello es potencialmente desastroso para Turquía. En
los años del gobierno de Erdogan, el producto interno bruto de Turquía se ha
triplicado, y el país ha actuado como una roca de estabilidad mientras sus
vecinos, desde Irak hasta Grecia, se han visto agobiados por la turbulencia.
Para la generación de Erdogan, las viejas diferencias tribales entre turcos y
kurdos que hicieron que el sureste del país se convirtiera en una extensa zona
militarizada en la década de 1980 y que millones de lugareños kurdos fueran
expulsados de sus hogares, fueron dejadas de lado para hacer dinero y lograr
una buena vida. La reanudación de la guerra puede provocar una escalada y
desembocar en un conflicto de escala nacional que podría descarrilar todo que
Erdogan creó, desde la prosperidad y la estabilidad de Turquía hasta su propia
legitimidad.