“Toda diplomacia es la continuación de la guerra por otros
medios”, alguna vez bromeó el ex primer ministro chino Zhou Enlai. Hoy día, lo
mismo podría decirse de las cumbres de la zona del euro.
La Unión Europea se fundó para aliviar el tóxico legado de las
guerras en el continente, para permitirle a Alemania ayudar a guiar al
continente, no dominarlo. Pero como secuela del más reciente rescate a Grecia
este verano, los severos términos de austeridad que se le impusieron a Grecia
han creado un nivel sin precedentes de animosidad entre los dos países. Ahora,
mientras el rencor se extiende allende las fronteras, muchos se cuestionan el
futuro político y económico de la UE.
Bajo los términos del rescate, Grecia recibe un financiamiento
de hasta 86,000 millones de euros ($94,000 millones de dólares). A cambio, el
gobierno de coalición, encabezado por el partido izquierdista Syriza, debe
poner en marcha más medidas de austeridad, aumentar los impuestos al valor
agregado y liberalizar la economía griega limitada por las normas. Grecia debe
colocar bienes nacionales con valor de 50,000 millones de euros ($55,100
millones de dólares) en un fondo de privatización que será supervisado por
instituciones europeas.
El parlamento griego aprobó el acuerdo el 16 de julio, y la
respuesta negativa fue feroz. Zoe Constantopoulou, legisladora de Syriza, dice
que los términos del rescate equivalían a un “genocidio social”. Incluso
políticos moderados griegos dicen que los términos severos del acuerdo
aumentarán el miedo, la inseguridad y el resentimiento en Grecia. “Habrá un
monitoreo muy estricto de cómo Grecia pone en marcha las nuevas medidas, casi
vigilando la economía griega”, dice el ex primer ministro griego George
Papandreou. “Éstas se han establecido para crear confianza en los
contribuyentes alemanes, pero creará más desconfianza en los ciudadanos griegos.
El acceso de Grecia a los mercados ahora es más difícil. Se debería retirar
algo de la carga”.
Mientras tanto, los bancos europeos que prestaron miles de
millones de euros a Grecia se salvaron de los castigos. “Si eres un drogadicto,
eres culpable de tu adicción, pero el traficante también lleva algo de
responsabilidad”, dice Denis MacShane, ex ministro de Gran Bretaña ante Europa
y autor de Brexit: How Britain Will Leave Europe. “Grecia es un chivo
expiatorio fácil, [pero] los bancos franceses, alemanes y holandeses prestaron
negligentemente”.
El resultado: las relaciones de posguerra entre Grecia y
Alemania nunca han sido peores, dicen los analistas. El trauma del rescate se
agrava por el trauma imperecedero de la Segunda Guerra Mundial, cuando Grecia
sufrió una de las más duras ocupaciones nazis. Lo que ha sorprendido a muchos
observadores es la facilidad con que ambas partes han caído en estereotipos,
llamando a Grecia una nación floja e incapaz en la que no se puede confiar, y
Alemania un Cuarto Reich dirigido por la canciller Angela Merkel.
Los griegos que creen esto último señalan a Walter Funk, el
ministro de economía nazi y uno de los teóricos económicos más importantes de
Hitler. Funk planteó la idea de una unión monetaria europea dominada por Alemania
en 1940. Él reconoció que la unión sería complicada, en parte por los
diferentes estándares de vida de los países. Pero Funk, como muchos políticos
europeos modernos, era optimista.
Sin embargo, como lo muestra la crisis griega, la fe de Funk,
como la de los arquitectos del euro, estaba del todo perdida. Una unión
monetaria de estados tremendamente dispares sin un presupuesto central o una
política fiscal compartidos siempre iba a cojear. “Grecia”, dice Peter Doyle,
ex jefe de división en el departamento europeo del Fondo Monetario
Internacional, “es el canario en la mina de carbón. Si el canario muere, ello
no te dice que hay algo malo en el canario, sino en la mina. Grecia es el
canario, y la zona del euro es la mina”.
Agobiada por la deuda, la corrupción y una burocracia demasiado
invasiva, la economía de Grecia será difícil de reparar. Sin embargo, lo que
será más difícil de arreglar es la errónea percepción mutua de los ciudadanos
griegos y alemanes. “La incapacidad de ambas partes de siquiera empezar a
entender la perspectiva del otro ha infligido un daño duradero”, dice Ian
Bremmer, presidente de Eurasia Group, una consultora global de riesgo político.
“En realidad no están tratando de cooperar”.
Peor aún, como secuela del acuerdo, muchos observadores han
empezado a cuestionarse cómo se toman las decisiones dentro de la Unión
Europea. Un diplomático francés con conocimiento de las negociaciones en
Bruselas dice a Newsweek, bajo la condición del anonimato, que Alemania fue la
voz más importante en la cumbre de julio. “Sabíamos que tan pronto como
Alemania aceptara los términos, nos tomaría 20 minutos convencer a los otros”,
dice el diplomático. “Siempre y cuando Alemania estuviera bien con ello, los
otros de línea dura también lo estarían”.
Pero la victoria de Alemania en Bruselas se dio a un costo
potencialmente alto. “Ha desafiado el valor fundamental europeo de solidaridad
y ha hecho que otros estados miembros de la UE cuestionen cada vez más el papel
de Alemania dentro de Europa”, dice Julian Rappold, del Consejo Alemán de
Relaciones Exteriores, un grupo de investigadores domiciliado en Berlín.
Papandreou está de acuerdo. “Estamos viendo un incumplimiento en el que el
gorila más grande el grupo es el que toma las decisiones”, dice él. “Ello creará
todavía más tensión”.
Hoy, 19 países comparten una moneda única, el euro; pero sin un
presupuesto y una política fiscal comunes, algunos analistas dicen que la zona
del euro se ve estorbada por la incompatibilidad económica entre los estados
miembros: el promedio de los ingresos familiares per cápita en Alemania es de
$31,252 dólares al año, pero en Grecia es de $18,575 dólares. Al someter a
Atenas a una regulación y supervisión amplias, algunos dicen que los
tecnócratas podrían haber comenzado la muerte lenta de la moneda única y de la
UE en sí. “Todo lo que los alemanes hicieron como preparativo para la cumbre…
tenía la intención de motivar a Grecia abandonar el euro”, dice Doyle. “Es
escandaloso. Este acuerdo… nunca se pretendió que funcionara”.
Los términos severos impuestos a Grecia ya han impulsado el
movimiento anti-UE en el Reino Unido. Para finales de 2017, David Cameron, el
primer ministro británico, ha prometido un referéndum sobre la membresía de la
UE. Cameron hará campaña para que Gran Bretaña permanezca en la UE, pero la
mayoría en Gran Bretaña dice que el país necesita decidir cuál es su posición
con respecto a Europa. El referéndum hará eso.
Sin importar qué suceda en el Reino Unido, los líderes de
Europa tienen un dilema importante. La crisis de la zona del euro ha puesto en
relieve cómo, si el euro sobrevive, se deben fusionar las políticas fiscales,
económicas y políticas, lo cual requerirá de cambios en el tratado fundador de
la UE. Pero la paliza que ha recibido Grecia de parte de Alemania significa que
hay menos apetito por relaciones más estrechas. Como dice Bremmer: “Europa se
ha vuelto una institución sin sangre en las venas, un mecanismo de aplicación
de la eficiencia, en vez de una unión o una aspiración colectiva”.