La otra cara de la migración

Chihuahua, Chih.-Convencida de que buscar una
vida mejor no es un crimen sino amor a la familia, Marissa Molina una
joven de origen chihuahuense radicada en Colorado y reconocida por el
gobierno estadounidense por sus aportaciones a la educación, asegura que
“los migrantes demuestran gran valor al tratar de ser mejores” y envía
un mensaje a todos aquéllos que luchan por el mismo objetivo, “no
permitan que la gente defina lo que son al decir que son delincuentes
porque hay gran dignidad en lo que hacen”.

Migrante también, Marissa
tenía 9 años cuando junto con sus padres y hermanos abandonó su natal
Matachí para ir a la unión americana en busca de un futuro distinto.
Hoy, a sus 23 años de edad puede decir que ha logrado lo que buscaba:
convertirse en profesionista exitosa y reconocida como alguien que busca
aportar sus conocimientos y su preparación para mejorar la vida de
otros.

En entrevista con El Diario, Marissa recuerda que fue en el
2001 cuando su familia abandonó el pueblo, ubicado a 213 kilómetros de
la ciudad de Chihuahua y en el cual, “sólo había una escuela primaria,
por lo que mi hermana mayor tenía que viajar todos los días en camión a
Guerrero para poder estudiar la secundaria”.

En ese entonces,
agrega, su padre trabajaba en el gobierno municipal pero al quedar sin
empleo hablaron de la posibilidad de irse al extranjero con la intención
de que los hijos aprendieran un segundo idioma y cursaran la educación
básica ya que en Matachí no podrían hacerlo.

“Allí no había esas
posibilidades por eso decidimos salir aunque mis padres también querían
que aprendiéramos inglés por lo que el plan inicial era venir, estudiar
inglés y la educación básica y regresarnos a México para ir a la
universidad”. Sin embargo, el destino les tenía preparado algo diferente
y decidieron quedarse para seguir abriendo puertas.

En un
principio, dice la joven que estudió Ciencias Políticas y hace unos
meses fue reconocida por el gobierno estadounidense como una de las
mejores maestras del país, las cosas fueron muy difíciles porque sus
padres tenían que trabajar todo el día, desde muy temprano hasta muy
tarde, mientras ella y su hermana debían hacerse cargo del hermano
menor. “Todos tuvimos que trabajar muy duro para poder salir adelante”.

Estar
en un país extraño, con personas desconocidas y frente a un idioma y
costumbres diferentes, recuerda, para ella no fue muy brusco porque era
una niña y “se me hacía muy divertido poder aprender cosas diferentes,
estaba muy contenta”, sin embargo, para su hermana que en ese entonces
contaba con 14 años de edad, “sí fue difícil porque ya estaba
acostumbrada a sus amigos y escuela”.

Cuestionada respecto a si en
ese momento fueron discriminados de alguna forma, Marissa asegura que
fueron afortunados ya que “llegamos a un lugar donde la gente nos abrió
las puertas y los brazos y nos han hecho sentir parte de la comunidad
pero sabemos que el sentimiento en general en el país no siempre ha sido
lo mismo”.

A pesar de las dificultades, logró continuar sus
estudios y llegar a la universidad, sin embargo, estando allí y al no
tener documentos que la avalaran como ciudadana, pagaba colegiatura
doble porque era considerada como estudiante internacional. “Eso fue muy
pesado pero mis padres nunca me dejaron tirada, siempre trabajaron muy
duro y yo también trabajaba durante los veranos para reunir dinero y
poder cubrir todos los gastos que los estudios generaban. Sabía que
tenía que esforzarme mucho”.

Antes de terminar los estudios
universitarios, recuerda, “empecé a ver la posibilidad de regresar a
México porque me sentía frustrada al pensar en que, a pesar de que me
iba muy bien en la escuela y tendría una profesión no podría hacer nada
por mi estatus migratorio”. Pero, otra vez la mano del destino hizo lo
propio y fue entonces cuando el presidente Barack Obama anunció el
programa de “Acciones diferidas para llegados en la infancia” –DACA por
sus siglas en inglés- y “mi mundo cambió porque empezaba a tener más
posibilidades de trabajo”.

Posteriormente, señala “surgió el
programa “Enseña para América” en el que estoy ahorita y en el que
eligen a los mejores estudiantes de las universidades; luego de
graduarme en el 2014, apliqué en tres ocasiones y después de 3 rounds me
aceptaron”.

Actualmente, y luego de que el pasado 24 de julio
recibiera un reconocimiento de manos de Arne Duncan, secretario de
Educación, como una de las mejores maestras del país, Marissa vive en
Colorado y trabaja en la escuela de Ciencias y Tecnología de Denver
donde más del 50 por ciento de los estudiantes son de origen latino y
escasos recursos pero ella es la única maestra latina. “El 80% de los
alumnos de la escuela reciben desayunos gratis porque la economía de su
familia es mala. Son jóvenes que nacieron en el seno de una familia
donde el inglés no es su primera lengua, entonces cuando llegué allí no
había una currícula que seguir ni recursos para hacerlo. Empecé a crear
la currícula encaminada para que, al tiempo en que ellos aprendieran
pudieran también celebrar su identidad y explorar su cultura”.

A
pesar de sus logros, hay ocasiones en que la nostalgia la abraza porque
en estos 14 años Marissa no ha podido regresar a su tierra natal algo
que, reconoce, es difícil y le ha ocasionado dolor en algunas ocasiones.

“Hace
dos años murió mi abuelo y yo no pude estar con él. Me encantaría
volver a visitar a mis familiares, es complicado dejar atrás a la gente
que quieres y la tierra donde uno nace. No es fácil pero le agradezco
mucho a mis padres que hayan luchado para que yo pudiera lograr mis
sueños. Me siento muy orgullosa por todas las personas que han estado
conmigo”.