Sentada enfrente del autor de novela negra Don Winslow, me resulta difícil empatar a este hombre de sesenta y un años, voz suave y gafas con la escena que sigo repitiendo en mi mente: un rey de las drogas lanzando a dos niños sobre un puente para mandarle un mensaje a un rival. He tenido pesadillas con esta imagen.
El jefe criminal es Adán Barrera, heredero de un cártel internacional de drogas radicado en México y uno de los personajes principales de la novela de 2005 de Winslow, El poder del perro, la cual documentó el nacimiento de la Administración para el Control de Drogas en la década de 1970 y su muy difamada guerra contra las drogas. En The Cartel, la voluminosa secuela que salió en junio, Winslow repasa esa guerra y el papel de Estados Unidos en ella, mientras que Barrera revive su prolongada enemistad con Art Keller, el inconformista de la DEA —llamado el “Señor de la Frontera”—, y todos, desde dealers locales hasta oficiales de policía corruptos y prostitutas convertidas en traficantes, se ven atrapados en su rivalidad sangrienta, o asesinados. A menudo los dos.
En los últimos veinticinco años, Winslow ha escrito más de una docena de novelas, muchas de ellas enfocadas en California, México y el narcotráfico. El oriundo del sur de California se especializa en novelas de suspenso cuyos ritmos pausados y lenguaje informal contradicen la seriedad de sus temas. En Muerte y vida de Bobby Z, de 1997, la DEA le pide a un prisionero desafortunado que se infiltre en el complejo de un difunto jefe de las drogas con el que tiene cierto parecido. En El invierno de Frankie Machine, de 2006, un sicario retirado trata de escapar de su pasado mafioso y de una larga lista de posibles asesinos. En Salvajes, de 2010, dos buenos amigos y traficantes de mariguana son reclutados por un cártel después de que la novia que comparten es secuestrada para pedir rescate por ella.
Aun cuando muchas de las novelas de Winslow presentan criminales en el límite de lo agradable, o por lo menos humanizados, su humanidad está seriamente en desacuerdo con la naturaleza seria de sus crímenes, en especial cuando se trata del narcotráfico. Sólo en México, más de cien mil personas han sido asesinadas en la guerra contra las drogas; otras veinte mil están desaparecidas. Winslow dedicó The Cartel a los periodistas que desaparecieron mientras él la escribía. Esa lista de 131 personas termina ominosamente con: “Hay otros”.
The Cartel se siente como la obra magna de Winslow: más robusta, más llena de información, que sus predecesoras. Él dice que el libro es “muy cercano a los hechos”, y sus pausas frecuentes en la acción para resumir la historia de México ayudan a colocar una trama cual película de Scorsese en un contexto espeluznantemente real. Barrera es de nuevo el financiero adverso convertido en despiadado jefe criminal, y Keller, el renegado de la DEA con conflictos morales, el capitán Ahab de la ballena blanca (de nieve) que es Barrera. Los dos son productos de una política exterior estadounidense, que lleva décadas aplicándose, que comenzó mediante apoyar señores de la droga para combatir el comunismo; de corruptos funcionarios militares y policiacos mexicanos que han hecho imposible el combatir realmente a los cárteles; de gobiernos que prefieren combatir la violencia con violencia a abordar las raíces de este desmadre de alto riesgo.
“Estamos muy obsesionados con el terrorismo justo ahora, el cual está a miles de kilómetros y océanos enteros de distancia”, dice Winslow. “Mientras tanto, unas cien mil personas han muerto en uno de los conflictos más sangrientos en el hemisferio occidental desde la guerra civil estadounidense, y está justo aquí. Hay gente muriendo por nuestra recreación, nuestras adicciones. Esa es la realidad”.
The Cartel detalla lo que Winslow considera una de las más grandes hipocresías de Estados Unidos en la guerra contra las drogas: nuestra falta de acciones para luchar contra la adicción. “En el condado de San Diego, a menos de que tengas un seguro de salud de primera, hay una lista de espera de dos años para recibir tratamiento”, dice. “Si eres adicto a las metanfetaminas, las probabilidades son que no vas a aguantar dos años. Vas a morir, o cometer un crimen que te ponga tras las rejas.” En un giro irónico de economía básica, Winslow señala que el costo de un tratamiento por drogas es sólo un cuarto del costo del encarcelamiento.
The Cartel ilustra muchas otras hipocresías: ¿por qué los estadounidenses actúan como si los milicianos islámicos hubieran inventado lo de presumir decapitaciones en las redes sociales, cuando los cárteles lo han hecho por años? ¿Por qué estamos tan enfocados en los burritos orgánicos de chipotle y el queso Kraft con colorantes naturales cuando nuestros brownies de mota y grapas de coca nos llegan a expensas de vidas mexicanas? ¿Por qué gastamos miles de millones de dólares en combatir la mariguana, la cocaína y la heroína cuando la cifra récord de muertes por opiáceos el año pasado se vinculó principalmente a analgésicos con receta?
“Nunca ha habido una guerra contra las drogas”, dice Winslow. “Ha habido una guerra contra las drogas que posiblemente venda la gente de color.”
Aun cuando Winslow nunca tuvo la intención de escribir una secuela de El poder del perro —“Cuando me lo mencionaron la primera vez, creo que colgué el teléfono”—, The Cartel se siente como una sucesora natural y necesaria. Es un libro destinado a recordarles a los lectores que, dejando de lado las acciones para legalizar la mariguana, la guerra contra las drogas no ha terminado. Todavía entablamos las mismas luchas, todavía estamos inmersos en la esquizofrenia de gastar miles de millones de dólares en comprar drogas, miles de millones en encarcelar gente por usarlas y miles de millones de dólares tratando de mantenerlas fuera del país. Perro transcurrió de 1975 a 2005, y The Cartel, de 2005 a 2015; parece difícil imaginar un mundo en el que de 2015 a 2025 no se ofrezca un lógico capítulo siguiente en la historia de los cárteles mexicanos y su némesis la DEA (aunque cuando menciono la idea de una trilogía, Winslow finge saltar de la ventana).
“Me gustaría pensar que este es el final de la historia, pero las guerras contra las drogas se están calentando de nuevo”, manifiesta. “La gente sale y compra su yerba, y aunque no veo algo malo en la droga en sí, veo la forma en que llega a nosotros: a través de asesinatos, a través de trabajo esclavo, a través de mujeres que son violadas en grupo. No parecemos tener un problema comprando eso… pero boicotearemos a Starbucks.”