El incendio que amenaza la supervivencia de los kumiai

ENSENADA, BC.- La tierra mezclada con ceniza cubre las botas de Francisco mientras avanza por un cañón asolado por las llamas. Hijo de yaqui y kumiai, ha pasado toda su vida en el monte que está en las faldas del Parque Nacional Constitución de 1857, la única superficie boscosa de Baja California en la que habitan el borrego cimarrón, el venado bura y una importante variedad de flora única en la región. “En estas piedras había pinturas (rupestres) de mis antepasados. Este era un lugar sagrado para nosotros”, comenta apesadumbrado, mientras señala dos riscos enormes que ahora se presentan totalmente tiznados. A poco más de un metro, recupera una piedra pulida utilizada en las ceremonias que los Kumiai celebran en los rincones venerados de este monte que ha quedado devastado.

Francisco conoce cada cerro, cañón, árbol y arroyo del lugar. “He escuchado en las noticias que sólo se han quemado 250 hectáreas de bosque de encino y pinar, como si todo lo demás no importara porque no es tan turístico. La gente no sabe que en lo que ellos llaman chaparral crecen plantas endémicas de esta sierra y algunas tardan décadas en madurar. Muchas nunca más volverán, otras especies invasoras crecerán en su lugar.”

En el camino, va comprobando el alcance de la extensión arrasada donde crecían las variedades que su pueblo utilizaba como medicina natural (tanto para ellos como para sus animales), y cuyo conocimiento ha sido transmitido de generación en generación.

Como la mayoría de los integrantes de la comunidad nativa de La Huerta, Ofelia depende de la flora silvestre que crecía en el chaparral. Esta artesana de cuarenta y ocho años, que junto a su familia cría borregos y ganado, vivió una auténtica pesadilla cuando el incendio rodeó su rancho. “Empezó el sábado y el domingo ya nos alcanzó. La lumbre estaba cerca, detrás de los cerros entre los que estamos, y el comandante de la policía de Ojos Negros (la población urbana más cercana) vino a desalojarnos. Le dijo a mi hija, que tiene una bebé de once meses, que huyera, pero yo me negué. Le dije que no teníamos dónde ir, que este es nuestro hogar y aquí está nuestra forma de vida. Así que cuando vio que no me iba a convencer, agarró una pala y se unió a otros compañeros de la comunidad.”

Ofelia ha perdido cinco mil de las seis mil hectáreas que su familia tenía en explotación y siente que las labores de extinción no se coordinaron correctamente. Denuncia la incompetencia de un miembro de la Comisión Nacional Forestal (Conafor), que se presentó en el rancho justo en los momentos decisivos para contrarrestar las llamas y que, sin embargo, abandonó el lugar por razones desconocidas. “Cuando el fuego aún estaba detrás de los cerros, había oportunidad de acabar con él porque las llamas aún estaban chiquitas y no había viento. Entonces llegó un vehículo de Conafor acompañado de un cañón de agua a presión. Le abrimos las puertas, pero cuando accedieron arriba, se regresaron sin decir por qué. Justo cuando bajó, comenzó a soplar el viento y todo empezó a arder. Ya no hubo control.”

Armada únicamente con palas y rastrillos, la familia kumiai intentó combatir el fuego a contrarreloj. “De repente vimos las llamas encima y aun así fuimos por él.” Empezaron a volar brasas desde algunos arbustos y con ellas brotaron focos por todo alrededor. “En un momento se prendieron los corrales y una pickupque tenía restos de zacate, todo al mismo tiempo. Le dije a un niño de doce años que estaba con nosotros que me ayudara a soltar los animales. Caballos, borregas, aves de corral y perros salieron corriendo y se perdieron.” Afortunadamente, cuando el fuego ya rodeaba casi todo el rancho, el viento se calmó y la intensidad de las llamas comenzó a rebajarse.

UNA FORMA DE VIDA AMENAZADA

Los kumiai son una comunidad indígena de unos ciento veinte miembros asentados entre Ensenada, en Baja California, y Escondido, en el sur de Estados Unidos. En México han ido perdiendo progresivamente su territorio debido a las invasiones de ejidatarios, particulares y empresas vinícolas y ganaderas. Estas, bajo el amparo de la Fiscalía Agraria y la inexistente legislación para la protección de los derechos de los pueblos nativos, han dividido, ocupado y contaminado progresivamente las cerca de once mil hectáreas en las que se extendía su presencia, hasta reducir su dominio a unas pocas rancherías agrestes y comunidades aisladas entre sí.

En esta zona aledaña al Parque Nacional existe multitud de variedades de ramas, raíces y semillas que los kumiai utilizan para fabricar sus artesanías. “Del monte nosotros recolectamos el material para las artesanías que hacemos las mujeres de la comunidad. También hay hombres que hacen este tipo de trabajos y que requieren de lo que la naturaleza nos da para ello. Pero no ha quedado un poste para levantar los cercos ni un metro cuadrado para pastorear a los animales.”

El incendio ha llegado justo en la época de recolección, “ahora las semillas están entre verde y maduras para que sequen sin que se pudran y aguanten hasta el invierno para trabajar”. Aunque no es el primer desastre que se cierne sobre la comunidad de La Huerta (hace tres años se quemó una buena parte de chaparral muy cerca), “este nos ha devastado”, sentencia Ofelia. “Lo que más me duele es ver los cerros quemados. Tengo cuarenta y ocho años y nunca los vi así. A mi mamá, que tiene setenta y tres, se le llenaron los ojos de agua cuando vio los cerros todos negros.”

El pilar para la supervivencia de las familias kumiai en La Huerta es la ganadería. Pero con los pastos quemados, la actividad está seriamente amenazada. “No podemos pasar de julio sin recibir ayuda, porque los animales están sin alimento, y si empiezan a adelgazar sólo podremos malvenderlos”, explica Francisco. Además, durante el incendio han perdido caballos y ganado, y el monte aún no está en condiciones para poder salir a buscarlos. “Aquí, tanto los nativos como los rancheros han criado ganado durante muchos años y está todo lleno de estiércol: en cañones, incluso bajo las plantas que han ido creciendo y que, al quemarse, han dejado una brasita ardiendo. Dos días después de la llegada del fuego se nos incendió una potrera por una brasa que quedó, por eso no podemos cabalgar por la zona, porque es peligroso para nuestros caballos.”

Francisco explica que el terreno es engañoso, pues hay piedras que tenían raíces debajo y que ahora han dejado una rueda de ceniza que en realidad oculta un pozo de brasas. “Mis hijos han salido a campear para buscar nuestros animales, pero aún no han logrado localizarlos a todos porque no pueden acceder a todos los lugares. El suelo y algunos cañones aún está calientes y los caballos se queman los cascos”, coincide Ofelia.

La única esperanza para estas familias es que el Estado conceda fondos para rescatar su economía, y que se decrete la zona de desastre, algo que descarta el director de Protección Civil de Baja California, Antonio Rosquillas Navarro. “Los recursos de la Federación para el combate contra el incendio no se sobrepasaron, así que depende de otros organismos paliar las afecciones de los ranchos”, explica. Ofelia teme que si no puede continuar la actividad ganadera, su familia se vea obligada a emigrar del lugar donde han pasado toda la vida y donde han mantenido las costumbres de su pueblo.

Tampoco se muestra esperanzado Francisco, quien cree que las lluvias del próximo invierno podrían ayudar para que, con suerte, en la primavera del próximo año pueda volver a brotar algo de pasto. “Pero han anunciado dieciocho meses de sequías y las primeras lluvias sólo servirán para limpiar los cerros.” Responsables de la Comisión Nacional para el Desarrollo Integral de los Pueblos Indígenas (CDI) ya se han desplazado al lugar para evaluar el alcance del siniestro y conocer de primera mano las principales necesidades del pueblo kumiai.

GRAN DESPLIEGUE, RESPUESTA OFICIAL TARDÍA

Arturo Aragón, jefe de logística de Conafor, opinó que hubo una respuesta demasiado tardía por parte de las autoridades, ya que no fue hasta seis días después de iniciarse el incendio que se declaró el estado de emergencia. “El presidente municipal tardó demasiado en decretar zona de emergencia y el apoyo llegó demasiado tarde. Al inicio sólo contábamos con seis pipas de agua y esto fue lo que más solicitábamos. Aunque en el valle de Ojos Negros había suficiente agua, se encuentra demasiado lejos de las zonas afectadas, y los helicópteros sólo pueden transportarla dentro de un margen de quince minutos de distancia como máximo.”

Pese a esta falta de rapidez en la repuesta, Aragón reconoce que las condiciones climáticas durante los primeros días del incendio fueron muy adversas para lograr controlarlo. “Hubo mucha gente combatiendo el fuego, pero el problema fue que la humedad relativa, que llegó a bajar hasta el 8 por ciento, hizo que se reactivaran varios focos de manera intermitente”, explica.

En total se desplegaron unos 480 efectivos contra incendios entre brigadas rurales, voluntarios, bomberos de Ensenada, personal de Conafor y Conanp (Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas), además de miembros del Ejército mexicano y la Marina. El incendio comenzó a controlarse con el cambio del clima; la entrada de la humedad y la lluvia que precipitó en la vecina sierra de San Pedro Mártir. Además, a las tareas de extinción se sumaron sesenta miembros de la brigada de élite de Conafor procedente de Durango, quienes continuarán trabajando en la zona en labores de supervisión y vigilancia para evitar que el incendio reviva.

La comunidad de La Huerta reconoce el trabajo de este grupo de “héroes” y de la brigada de Porta Trampa, encabezada por Guadalupe Salgado Báez, “quienes entraron a pura pala a luchar contra el incendio”, según el testimonio de Ofelia.