Mitos sobre la relación EE.UU.-Israel

La semana
pasada, el exembajador estadounidense en Israel, Michael B. Oren figuró en
todos los diarios, revistas en línea y blogs. Publicó editoriales en Wall Street Journal, Los Angeles Timesy Foreign Policy.com, y apareció en una entrevista de dos partes con
Shmuel Rosner, editor político de Jewish
Journal
.

Casi todo lo que ha
circulado sobre Oren son extractos de su nuevo libro, Ally (Aliado), donde relata su carrera en Washington. Sin embargo,
el ex embajador ha exaltado los ánimos entre simpatizantes y detractores de
Israel, así como entre los defensores y más acerbos críticos de la presidencia
Obama. Todo porque pinta un desfavorable retrato del mandatario estadounidense,
su visión del mundo y la postura de su administración hacia Medio Oriente, si
bien lo hace de manera bastante diplomática.

Quienes
desprecian a Obama usaran el libro para atacar al presidente y quienes no
soportan al primer ministro Netanyahu lo aprovecharán para emprenderla contra
el líder israelí.

Es inevitable.
Pero todas esas críticas en nada benefician el futuro de la relación EUA-Israel
que, no obstante la visión mundial que se tenga, es la relación bilateral más
transcendental para Jerusalén y una de las más importantes de Washington.

Aún no leo el
libro del embajador Oren, pero con base en lo que ha circulado hasta ahora, me parece
que dejó pasar la oportunidad de analizar la mejor manera como esos aliados
pueden avanzar en su relación. El problema fundamental es la visión histórica y
poco realista de lo que es, en realidad, esa relación especial.

[En aras de una divulgación
completa, mi suegro está emparentado con Michael Oren de una manera que solo mi
suegra puede explicar. Me parece que tiene algo que ver con una tía abuela
común por distintos lados de la familia].

[En dos de las
tres ocasiones que he visto a Oren, no pudimos esclarecer la relación. Su libro
Six Days of War es impresionante y
fue de enorme ayuda cuando escribí The
Struggle for Egypt
].

La parte más
extraña de lo que Oren ha compartido de Ally,
hasta ahora, fue el fragmento publicado en junio 16 en el Journal, titulado “Cómo Obama abandonó Israel”, en particular cuando
escribe: “”el señor Obama representó un desafío aun más fundamental al
abandonar dos principios fundamentales de la alianza de Israel con Estados
Unidos. El primero, el principio de ‘no a la luz de día’, donde Estados Unidos
e Israel podrían estar en desacuerdo, pero nunca abiertamente pues, de hacerlo,
alentarían a sus enemigos comunes y vulnerarían a Israel”.

Releí el pasaje
una y otra vez porque, para un historiador como Oren, eso es un error garrafal
y patente.

¿Acaso Henry
Kissinger no “reevaluó” la relación EUA-Israel, en 1975, debido a que los
judíos estaban retrasando la reubicación de sus fuerzas en la Península de
Sinaí y de paso, demoraban la entrega de armas en Jerusalén? ¿No hubo
desacuerdos muy públicos entre la presidencia Carter y los israelíes por causa
de la paz con los palestinos?

¿Y qué decir de
la decisión de Ronald Reagan de postergar la entrega de F-16 a Israel? ¿O el
comentario “Aquí, yo soy un hombrecito cualquiera”, de George H. W. Bush,
durante la agresiva contienda por las garantías de préstamo de 1991?

¿Y quién puede
olvidar la controversia por el asentamiento Har Homa, en el periodo Clinton? No
recuerdo si George W. Bush alguna vez se enfrentó públicamente con Ariel Sharon
o Ehud Olmert, pero si no lo hizo, su administración es la excepción que
confirma la regla.

Como siempre he
insistido, Israel, las políticas israelíes y las relaciones EUA-Israel no son
mi especialidad, de modo que consulté algunas fuentes como Bernard Reich,
profesor emérito de ciencias políticas en la Universidad George Washington y
autor de Israel: Land of Tradition and
Conflict
, con quien hablé sobre la relación bilateral.

Los dos Estados
desarrollaron una relación política diplomática enfocada en la necesidad de
resolver la disputa árabe-israelí y aunque acordaron el tenor general, a menudo
surgieron diferencias en cuanto a los medios para obtener resultados. La
relación se hizo particularmente estrecha tras la Guerra de Seis Días, cuando
la congruencia de políticas se impuso en muchos de los intereses más
prominentes.

Con todo, los
dos países a menudo mantuvieron perspectivas disímiles en los acontecimientos
regionales, y en los peligros y oportunidades que ofrecían. Si bien no hubo
rompimientos importantes, surgieron fuertes tensiones en varios momentos
críticos.

Luego, Reich
recordó la “creciente tensión y recriminación públicas” que marcaron las
relaciones EUA-Israel durante el periodo Carter; mismas que luego pasaron a la
administración Reagan, que llegó al extremo de castigar a los israelíes por
disgustar a Washington.

Ronald Reagan
suele ser visto como un estupendo amigo de Israel y tal vez lo fue, pero no hay
duda de que hubo mucha “luz de día” entre Estados Unidos e Israel en los años
ochenta. En el segundo tomo de su obra monumental, A History of Israel, Howard M. Sachar (ex colega de Reich) relata
con gran detalle que, en 1982, la propuesta de la presidencia Reagan para
resolver el asunto palestino dejó “impactado e incrédulo” al primer ministro
israelí, Menachem Begin.

Aquella no fue
una disputa que se mantuvo dentro de los confines de la Casa Blanca y el despacho
ministerial pues, incluso después que Israel manifestara sus objeciones al
proyecto –desarrollado en combinación con jordanos y saudíes, pero no con los
israelíes-, Reagan describió su visión en un discurso televisado al pueblo
estadounidense.

La propuesta
incluía: congelar asentamientos, otorgar a los residentes palestinos de
Jerusalén Oriental la oportunidad de votar en las elecciones de un pretendido
cuasi-gobierno autónomo en la Ribera Occidental, conferir a los palestinos la
responsabilidad en asuntos civiles y de seguridad en la Ribera Occidental, y la
eventual creación de una confederación hachemita-palestina que pusiera fin al
conflicto.

Una diferencia
de opinión muy pública, ¿verdad?

Podría ofrecer
muchos otros ejemplos de las eras Bush y Clinton, pero creo que se entiende a
qué me refiero. Cualquiera que haya seguido de cerca las relaciones EUA-Israel
sabe que suele haber tensiones y que, a veces, se manifiestan abiertamente.

Pese a lo que
dice Oren, jamás hubo un principio de “no a la luz del día” y afirmar que existía
distorsiona el registro histórico y pone en riesgo el futuro.

Los israelíes
tienen el derecho de encolerizarse por muchas cosas. Creen que no recibieron un
trato justo en las negociaciones nucleares de Irán, que afectan directamente su
seguridad. Mas las cosas desagradables que prominentes funcionarios “anónimos”
han dicho sobre Netanyahu son arbitrarias, sobre todo porque, como escribe
Oren, Mahmoud Abbas jamás pagó el precio de desafiar a Estados Unidos.

Con todo, los
israelíes pisan terreno en extremo frágil al exigir que ningún mandatario
estadounidense los desafíe cuando adopten políticas que puedan dañar los intereses
de Washington en la región. Y al plantear un estándar imposible de aceptar, el libro de Oren está
destinado a hacer justamente lo contrario a lo que desea para los vínculos de
ambos países.

Los israelíes y
sus simpatizantes tienen la errónea idea de que, con el cambio de
administración, en enero 2017, la relación bilateral volverá [intencionalmente]
al momento mítico de “no a la luz del día” que conjura Orel.

No obstante, lo
más probable es que las cosas sigan el curso de siempre: una estrecha
cooperación con recriminaciones muy públicas. Pero como Oren y los demás se han
fijado expectativas muy poco realistas, a la larga, las próximas crisis serán
más mucho más dañinas para la relación.

Como dicen en
hebreo, Ze haval.

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Steven A. Cook
es miembro Hasib J. Sabbagh para Estudios de Medio Oriente en el Consejo de
Relaciones Exteriores. Este artículo fue publicado originalmente en el sitio
Web del consejo.