Enredado en rojo

Un martes de mayo, cientos hacían fila frente al Webster Hall del East Village, en Manhattan. Y la mayoría hablaba ruso. Expatriados, inmigrantes de primera generación y turistas habían ido a ver a Boris Grebenshikov, el hombre que esencialmente inventó el rock en Rusia, durante su excepcional gira por Estados Unidos.

Uno de los cantautores rusos más respetados e influyentes en muchas décadas, Grebenshikov (61 años) a menudo ha sido descrito como el equivalente eslavo de Bob Dylan. Y aunque es una descripción simplista del legado de estos músicos, la comparación tiene lógica. Fanático del rock occidental (Marc Bolan, Lou Reed y Talking Heads) y de la tradición literaria rusa, Grebenshikov –a quien suelen referirse como BG- sincretizó la cultura de Occidente con la de su nativa Rusia para crear un subgénero único de gran sofisticación y metafórico lirismo. Muchas de sus estrofas se han convertido en proverbios rusos y casi nadie que intente escribir una canción para guitarra puede escapar de su influencia.

Después de la perestroika, cuando Occidente se interesó en la contracultura soviética, Grebenshikov viajó a Estados Unidos para grabar un álbum titulado “Radio Silence” con Dave Stewart, de Eurythmics. El disco figuró en listado Billboard 200 en 1989 y BG incluso fue invitado de Letterman, pero su oportunidad estadounidense no llegó, así que regresó a casa para continuar su carrera.

Suele pensarse que el rock underground soviético, encabezado por BG y Aquarium (su banda en la década de 1970), desempeñó un papel importante en el colapso del régimen comunista, pero descontando su himno perestroika “Train of Fire”, Grebenshikov rara vez ha manifestado opiniones políticas, bien públicamente o en sus canciones. Con todo, varios meses atrás hubo una excepción espectacular. En su más reciente álbum, “Salt” hace –sin mencionar nombres- una lóbrega descripción de la Rusia contemporánea y su ambiente social. Por ejemplo, la canción más pegajosa es “Love in Wartime”, donde alude al conflicto en Ucrania; y se especula que en “The Governor” habla del gobernador de la región de Ekaterimburgo, quien ganó notoriedad persiguiendo a un reportero local.

La mañana posterior a su espectáculo neoyorquino, que duró más de dos horas y abarcó canciones escritas desde 1978 hasta el presente año, Grebenshikov habló con Newsweek de su carrera, su relación con la cultura estadounidense y sus opiniones sobre los acontecimientos actuales en Rusia.

Cuando ya eras una de las más grandes estrellas del rock en la Unión Soviética, viniste a Estados Unidos para hacer carrera musical aquí. Para entonces, quizás ya tenías una imagen mental muy detallada de este país, tomada de tus discos, libros y películas favoritas. ¿Recuerdas la impresión que llevaste al ver la realidad?

La recuerdo muy bien. Nueva York fue el primer lugar que vi fuera de Rusia. Llegué al centro mismo del mundo y me sentí como Alicia en el País de las Maravillas. Pensé que todos los milagros que me rodeaban iban a enseñarme algo. Y vi muchas sorpresas agradables. Por ejemplo, esos árboles con lucecitas; no teníamos algo así en Rusia… Sentí que al fin experimentaba el mundo real. Un mundo que tenía más colores en todo, distinto de Rusia, donde la gente vivía con una mentalidad en blanco y negro. Fue como si se levantara un velo de mis ojos… Contacté con CBS Records y luego encontré a Dave Stewart de Eurythmics. Hicimos un álbum, nos fuimos de gira, pero después regresé a casa. Quería ver cómo hacían las cosas aquí, ¿comprendes? A esas alturas, todo lo que sabía era gracias a las revistas de música. Quería experimentarlo en carne propia, para regresar y hacerlo como debía ser. Y así fue.

Y así fue como grabaste el disco más ruso de tu vida, “The Russian Album”. Aunque habría sido lógico que hicieras algo más americanizado.

Lógico, sí. Pero gracias a Dios, la música no obedece a la lógica. Sabes, antes de venir aquí vivía en una jaula. Una linda jaula, no me quejo. La Rusia de los setentas y ochentas era estupenda. Pero quería respirar el aire del mundo libre. Todo lo que grabé en “Radio Silence” era, básicamente, un puente entre Rusia y Occidente. Y cuando llegué a Occidente tuve la necesidad de construir un puente de regreso.

Mucha gente argumenta que la Rusia contemporánea también es una jaula y la compara con el periodo soviético. ¿Qué opinas de eso?

Voy a decepcionarte. Si no miras televisión y mejor te conectas con Facebook o sales a las calles de San Petersburgo y Moscú, te sentirás estupendamente. Sé que eso está cambiando, pero por ahora, es fabuloso. Y desde mi perspectiva, sigue siendo un país libre. Hay mucha controversia, por supuesto. Hace poco hubo un desfile del Día de la Victoria en San Petersburgo que fue muy impresionante, pero raro. La gente no recordaba a los soldados rusos caídos; celebraba algo completamente distinto, porque los medios les habían vendido alguna idea de lo más descabellada. Es una desgracia, pues creo que ese día merece mucho más, pero por ahora, alguien lo aprovecha en su beneficio. Por otro lado, cuando camino por Moscú o San Petersburgo, veo a muchos jóvenes brillantes ocupados en sus cosas y disfrutando la vida… Como dijo alguien, la guerra termina cuando apagas el televisor.

Podría decirse que todos esos jóvenes brillantes existen en un gueto designado, rodeado por el odio social, las guerras y las mentiras. Puedes ignorar la radio y la televisión, pero la mayoría rusa no lo hace.

Cierto, pero verás, siempre ha sido así. A principios de los noventa, [los rusos] estábamos hipnotizados. Pensábamos: “Bueno, cayó el gran muro y ahora todos serán libres y felices, y todos escucharán música estupenda”. En pocos años, resultó que la gente deseaba las canciones de la prisión y ahora, todos sienten esa nostalgia de la Rusia soviética y la cultura soviética. Y les digo, ¿qué cosa? ¿Recuerdan cómo era aquello? No, ya lo olvidaron, pero les gusta. Porque no se supone que los haga pensar y eso hace que se sientan mejor. No me causa problema que lo elijan. No tengo el derecho de juzgar. Pero siempre habrá, tal vez, 8 por ciento de la población que necesitará lo que estamos haciendo, que exigirá una cultura real.

No obstante, la situación del país es cada vez más difícil para ellos. Hace unos años, al menos podían ocuparse de sus asuntos sin que los molestaran. Ahora, los persiguen constantemente.

Otra vez, cierto. Pero siempre ha sido así. Lee a los grandes autores rusos del siglo XIX y verás que ya sucedía desde entonces. Y nada tiene de malo. Los rusos siempre han peleado, incluso antes de la llegada del bautismo. Hay un maravilloso informe al respecto escrito en el siglo VI por un mercader judío, Ali ibn Yusuf, a quien los árabes enviaron a como espía al territorio que después se convertiría en Rusia. Escribió que aquellos hombres, si bien eran buenos guerreros, jamás serían una amenaza porque, en vez de organizarse y conquistar otros pueblos, preferían pelear entre sí. Y eso es justamente lo que ocurre ahora.

Pareces haber encontrado la manera de enfrentar la situación. Pero tu último álbum, lanzado apenas hace siete meses, todavía resuena con cierta lobreguez y desesperación. De hecho, es tan sombrío que tu banda ni siquiera interpreta la mayor parte de las canciones durante presentaciones en vivo.

No pude resistir el impulso de hacer este álbum. Durante algún tiempo me obsesioné con lo que sucedía. Me dominaron la ira y la desesperación, y fue así como nacieron las canciones. Muy pronto se convirtió en uno de los álbumes más populares que he hecho. Tocó fibras muy sensibles. Hice lo correcto, pero fue doloroso. Interpreté el álbum durante tres meses y luego le dije adiós. Pagamos nuestra deuda con el presente y [ahora] debemos retomar el futuro. Lo que intento hacer es construir otro puente, entre el hoy y el pasado mañana. Porque el mañana es muy incierto y no tengo muchas esperanzas en él. Pero pasado mañana será un buen día.

¿De modo que no estás desanimado? Parece que no te tragas el cuento de que fracasó el proyecto cultural que los intelectuales liberales rusos han tratado de crear desde fines de los años ochenta.

No. Porque no hubo tal proyecto y sabes, es imposible derrotar a Lao-Tse. Lo que hemos hecho, desde el principio, es una extensión natural de lo que hicieron los poetas de la Edad de Plata. No existe una diferencia real entre [Ivan] Turgenev y nosotros. Ambos pertenecemos a la cultura rusa que no se ve afectada por mamadas.