El jardín de niños José Vasconcelos está repleto de adultos: tras las rejas de colores, veinte habitantes de la ciudad de Tecomán hacen fila en el patio para entrar en el aula donde las urnas se nutren de boletas electorales.
El sol del domingo a las 9:30 es una declaración de guerra, pero la gente se aguanta porque en junio la costa de Colima es esto: más de 30 grados centígrados; árboles manzanillas, otates y timuchiles exhalando su vapor pegosteoso, y una luz amarilla que se desbarranca por el cielo azul y encandila aunque uno baje la vista al empedrado gris de este municipio que gobierna el PRI y del que hasta hace poco nadie hablaba.
Pero todo cambia: “Tecomán”, esa palabra sonora que de entrada hace imaginar un superhéroe, ha empezado a oírse más. Hay dos razones:primero, la monstruosa plaga dragón amarillo (huánglóngbìng) aniquiló los campos de limón —histórico sustento de las familias campesinas— que abastecían de ese cítrico a todo el país. Y segundo, desde 2012 al municipio le brotan aquí y allá colgados, cabezas, ejecutados, levantados, narcobloqueos.
Quizá por eso, para volver a lo que era, Tecomán sale a votar: las gotas saladas retoñan por miles en cuello, axilas, cintura y crean lagunas en la ropa que asaltan la piel de campesinos, profesionistas, amas de casa, estudiantes, desempleados. Estoicos, esperan bajo los rayos su turno para cruzar el logo del PRI o el PAN (como marca la tradición).
El destino macabro del municipio lo dictan sus vecinos: Michoacán le queda treinta kilómetros al sur y Jalisco, cuarenta al norte. Es decir, lo asfixia un doble abrazo del narco: el del Cártel Jalisco Nueva Generación y el de Los Caballeros Templarios. A ambas bandas Tecomán les quedó en medio.
Afuera del jardín de niños, el estilista Miguel Venegas se gana unos pesos como encuestador de la consultoría Proyecta. Las personas salen y él les pregunta por quién cruzaron la boleta. Raro: nadie se niega.
—¿Cómo le haces? —le pregunto.
—Esta gente quiere que la escuchen.
Y Miguel quiere lo mismo. Narra que hoy viajó desde Bayardo, otra localidad de este municipio, en uno de los camiones donde días atrás dos encapuchados subieron. Uno encañonó al conductor y otro, uno a uno, a los veinticinco pasajeros. “Nos dijeron: ‘Echen a esta mochila sus pertenencias o nos los quebramos’.”
Si en Tecomán uno se aleja de la cabecera municipal va cayendo en los círculos del infierno. Bayardo es el último. “Ahí hemos visto muertos en campos de fútbol, plazas, huertas”, dice Miguel.
—¿Quién los mata?
—La delincuencia organizada. Oyes: “Ese andaba en malos pasos”.
—¿Y quién es la delincuencia organizada?
—Gente de afuera.
“Gente de afuera” suelen llamar los tecomenses a los migrantes de los estados contiguos, como si decir Michoacán y Jalisco los comprometiera.
Un señor escuálido de mirada vencida y piel cobre nos interrumpe. Pasa por la casilla, se detiene, grita a la fila “¡Hasta creen que voy a votar, cabrooones!” y sale corriendo. Lo alcanzo: “¿Por qué hiciste eso?”.
“What do you think?”, contesta para que me quede claro que sabe que soy forastero. “No sé”, le digo.
—¿Crees que con tu voto México va a salir adelante?
—Ellos agarran todo para acá —y jala los brazos como si acaparara un tesoro.
Aunque es domingo, Manuel Gómez, como se llama este hombre de treinta y cinco años, está yendo a “los campos de los Briceño” a cortar limones: “75 pesos, ocho horas. Sostengo a mi madre. Imagínate, 75 pesos: frijoles, tortillas y se acabó”.
—¿Nunca más votarás?
—Hace tres años dije ¡basta, hasta aquí, hacen lo que quieren! —reclama Manuel en el instante en que una impactante Toyota baja la velocidad ante nosotros. Sombrero, botas, jeans y camisa a cuadros, Lupillo García, empresario agrícola y candidato del PAN a la alcaldía de Tecomán, baja de la camioneta para ir a votar en cuanto su chofer frena.
El campesino deja de responderme y desorbita los ojos como si viera a una estrella de la televisión: “¡Hola, Lupillo, hola!”, le repite Manuel, se apura a estrechar su mano y le da un abrazo que incomoda al candidato.
Desde el momento en que Manuel gritó “¡Hasta creen que voy a votar, cabrones!” a cuando le dio el abrazo pasó sólo un minuto.
Gaveta de 6
En la plaza central de Tecomán los campesinos limoneros —unos luego de su jornada y otros desempleados— descansan bajo las enramadas. Huaraches, camisas abiertas, pelo apelmazado y sombrero en mano, hablan bajito cosas que parecen recuerdos. Delante pasan chicas de jeans ajustados, parejas, un globero, una vendedora de agua de coco.
Pero al sopor sabatino lo desperezan sonidos de botas: unos treinta agentes de la Policía Municipal, todos de azul, caminan y dan vueltas entre los jardines, miran a todos lados, ansiosos. Se unen y separan, buscan atraer la mirada de los ocupantes de la plaza que encabeza la escultura de Miguel Hidalgo como si olfatearan algo raro, como si algo hubieran perdido. No están solos: el operativo electoral incluye los rondines de las patrullas Ford 1579 y 1826 de la Policía Estatal y de otras camionetas polarizadas que avanzan con tipos recios cuyas gafas oscuras les dejan ver las calles de Tecomán forradas de propaganda electoral. Aquí la veda se combate con miles de lonas en puertas, ventanas y patios caseros. A las imágenes del sonriente candidato del PRI a la alcaldía Arturo García (“Trabajando siempre para ti, ¡seguro!”), y a la del panista Lupillo en las faenas del campo junto a los agricultores (“Desde el campo, con trabajo”), se les unen las caritas de aspirantes a diputados. Y también las de los candidatos a gobernador: José Ignacio Peralta del PRI (“Por tu futuro, ¡Seguro!”) y Jorge Luis Preciado (“¡Alégrate, ya se van!”) del PAN. Nadie de los que el domingo meten su papeleta a la urna lo sabe, pero en cinco días, el viernes 12 de junio, la diferencia de votos será de apenas 0.18 por ciento a favor del PRI. Estos se dirán ganadores; los azules, robados. Por el estrechísimo margen, equivalente a 547 votos, el Instituto Electoral del Estado de Colima —cuyo padrón es de 498 531 electores—promete un recuento voto por voto.
No les importa que sea una tragedia alzarse como mandatario de Colima (estado gobernado por el PRI desde que se fundó el partido, en 1929): en 1973 el gobernador electo Antonio Barbosa perdió la vida en un “suicidio” que pocos creen. En 2005 el gobernador Gustavo Vázquez murió al caer el avión estatal Westwind en que viajaba y en 2010 el tecomense Silverio Cavazos, gobernador saliente, fue acribillado en su casa.
Tecomán fue el quinto municipio más violento del país en 2013 según la Secretaría de Gobernación, y tiene 51.3 por ciento de pobres en datos de la Cruzada contra el Hambre. Hace un año fueron asesinadas la hermana y sobrina del alcalde actual, Héctor Vázquez. Y la niña Jazmín Arrollo, de once años, fue hallada muerta en 2013 con quemaduras y golpes: el caso es un puñal en la historia de Tecomán, que busca más policía.
Desde la plaza diviso, en la entrada del ayuntamiento, el Módulo de Reclutamiento de la Policía Municipal, cuyo letrero indica: “Tecomán te necesita, únete”. Pido al agente que lo atiende datos sobre el operativo electoral: “Información confidencial”, dice. No negocia.
Si uno abre la edición del día del periódico local Ecos de la Costa verá un desplegado de la 20 Zona Militar con la imagen de un soldado y esta leyenda: “¿Tienes conocimiento sobre la producción, transportación o venta de cualquier tipo de enervantes? ¿Has visto personas armadas o sabes dónde se encuentran? Realiza tu denuncia anónima. Tel. 01800-8318-235 [email protected]”.
El Recinto Sagrado Funeral Corazón es un amplio local con doce ataúdes estilo bóveda y zamorano de acabos áureos. De la oscuridad sale uno de los seis “asesores funerarios”, José Flores. Levanta cuerpos, los deja en el anfiteatro para que los bañen, cambien y preparen, y asesora a los familiares sobre trámites. “Violencia siempre ha habido —aclara—, pero en 2013 se disparó. Raro el día sin uno o dos ejecutados a balazos. Aquí se mata con mucho balazo en tórax.”
En El Alacrán, el periódico tecomense del sábado 6 de junio, el ayuntamiento tienta a la población a un espacio en el renovado Cementerio Municipal de Tecomán: “30 por ciento de descuento en pago inmediato hasta el 30 de junio. Locales comerciales, áreas de descanso, rotonda, gavetas individual, familiar de tres, seis. Mayores informes en Presidencia Municipal”.
300 pesos y tus tres tacos
“Se ven rebonitas”, dice Meche Gómez, vendedora de aguas, contemplando las lonas con el rostro del candidato del PRI, Nacho Peralta, con que cubrió la puerta de su hogar.
—¿Bonitas?
—Da colorido a esta casa donde no hay nada —señala el interior de su sala de tierra, en cuyo piso descansa un viejo ventilador Vencool.
Adelante, en la calle Libertad, el limonero retirado Crescencio López refresca sus ochenta y cinco años sentado junto a su fachada con una gran lona del mismo candidato: “Vino la raza del PRI y ni preguntaron: la acomodaron”.
—¿Por qué dejó la lona?
—No me estorba.
—¿Qué piensa de la política?
—Es para fregar a los jodidos pobres —se carcajea con su boca sin dientes—. ¿No quieres trabajar? Ahí tienes la política. Ya verás a quién chingas o jodes. Mañana voto al que se me ponga delante.
—¿Quién cree que se le ponga delante?
—Siempre hay que votar al PRI.
—¿Por?
—Porque todos votan por el PRI.
—¿Y si todos lo hacen usted también?
—Es lo más fácil. El PRI lo deja a uno en paz, no se meten con uno. El PRI le da a uno su pensión, su rayita, sus 500 por mes.
—¿De joven era muy distinto este pueblo?
—Era muy tranquilo: te emborrachabas, le decías a tu enemigo “vete, aquí no cabes”, sacabas tu machete y te macheteabas. Siempre frente a frente; ahora la gente mata a escondidas.
A tres cuadras de ahí, en su amplio escritorio con cientos de documentos impecablemente apilados, don Jesús Guillén, notario 5 de Tecomán, presidente del Consejo Municipal Electoral y autoridad moral de la ciudad, adelanta que las elecciones podrían definir el futuro de los vecinos que llegan. “La delincuencia de Coahuayana y Coalcomán —pueblos michoacanos— nos rodea de violencia. A cada rato aparecen asesinados. No sabemos si los mataron aquí o si los mataron allá y en Tecomán nada más los tiraron. Y secuestros hay muchos: unos pagaron, otros emigraron y otros de los que no diré sus nombres viven aquí y aún sufren: quedaron muy afectados.”
—¿Cómo se siente la gente?
—El temor va creciendo, la amenaza va caminando.
¿Hay defensa? Rubén Rosas, electricista de cuarenta y cinco años, emite su voto de la mano de su hijito, aunque algo lo hiera: “Somos el puente entre Jalisco y Michoacán. Lamentable: estamos en medio”.
—¿Ellos ya están entre ustedes?
—Estamos luchando. Los barrios checan quién está en eso y denuncian para sacar a los delincuentes que intentan hacer sus guaridas en las colonias Indeco, Libertad, Chamizal, Valle Querido. La población ya entendió: si no denuncias, la delincuencia se apodera de tu territorio.
—Para denunciar hay que tener valor.
—Preferimos morir de pie que vivir arrodillados —se ríe.
A pocos kilómetros de aquí, en la colonia Bayardo, una de las más violentas del municipio, las huertas, el cauce del río Armería y las brechas, enclaves donde han aparecido cadáveres, están apacibles este domingo.
Las vías del tren son en ciertos tramos un larguísimo depósito de basura: hay envases de Powerade, zapatos viejos, naranjas y mangos aplastados, botes de Clarasol, pañales y perros flacos que hambrientos meten ahí el hocico.
En las casas de lámina que bordean los rieles la gente sale a beber.
“Bayardo esta caliente: en el jardín de al ladito enterraron unos cabrones”, advierte como si nada un barrigón sin camisa al que el alcohol que ingiere le tumbó la mandíbula y la mirada.
En la primaria Margarita Maza, sede de la Casilla 0324, Marisol Chávez vino a votar con su madre y hermana. “Ya que se acabe la matancera (sic) y nos proteja una patrulla. En Bayardo a las seis de la tarde ya nos guardamos en nuestras casas: balaceados, ahorcados, muertas en el río”.
En la fachada de la casilla un gran cartel pide: “Únete para prevenir la violencia contra las mujeres y las niñas”. Hace una hora, Karina, encuestadora de salida de Parametría, recibió la visita de una mujer que dijo ser “directiva del PRI”: “Me dijo: ‘Te largas’”. Karina se quedó: “Tengo que cumplir mi cuota de encuestados”, argumenta. Ahora, tres motos, cada una con un joven ocupante, se detienen en la entrada de la casilla. Se quedan quietos y miran a los votantes.
Un hombre se me acerca sigiloso: “¿Reportero? Esa muchacha que ves ahí, escondida bajo un mango, se llama Ángela y es panista: una señora del PRI llegó hace rato, le sacó un arma y le dijo: ‘Te vamos a matar’”.
Veo a Ángela. Alguien la abraza.
De pie, inmóvil junto a la puerta de la escuela, un chico de unos dieciocho años fiscaliza los rostros de quienes entran y salen. “Me contrató el PRI para vigilar”, reconoce. Intento entrevistarlo y niega con la cabeza: “Sólo estoy aquí para que todo esté en orden”. Una chica lo visita, le murmura cosas y va a una banca de la plaza de al lado: me siento junto a ella. Veo en sus manos una hoja de cuaderno con unos doscientos números escritos con pluma azul. Atiende el celular: “Ese ya votó”, confirma en voz baja y levanta el pulgar a una señora de brutal sobrepeso y gorrita con brillantes que supervisa los movimientos desde la banca de enfrente.
Estoy por irme. Pero al caminar hacia el paradero una chica me intercepta. “¿Ves esa casa?”, señala. Alcanzo a ver, semioculta tras un ramaje en la esquina de Avenida México y Honduras, una mesa en la que están reunidas varias personas. “Es la Casa Amiga —dice—. Si votas por el PRI te dan trescientos pesos y tus tres tacos.”