Las chinas mandan

ZHANG WEI, residente de Beijing de 29 años, es, a primera vista
un ejemplo improbable del poder de las mujeres en la moderna china. Pero
escúchelo. Siendo un ejecutivo junior de una compañía estatal de energía, Zhang
no ha podido ahorrar el dinero suficiente para adquirir un departamento decente
en Beijing, donde los precios se han ido a las nubes desde que él se incorporó
a la fuerza laboral hace casi siete años. Por ello, Zhang dice que ahorra casi
30 por ciento de su sueldo todos los meses y espera que los precios desciendan
un poco para que pueda adquirir una propiedad en uno o dos años. “Estoy”,
reconoce, “un poco enloquecido por la idea.”

¿Por qué un joven profesional estaría obsesionado con comprar
un departamento en un mercado que muchas personas consideran inflado? “Porque”,
dice, “me gustaría casarme y tener una familia. Mis padres realmente me
presionan. Y si no poseo un departamento, eso sería muy difícil.”

Pasemos ahora a un elegante restaurante en Shanghái donde,
cuatro mujeres, amigas de la universidad y también jóvenes profesionales, toman
un trago después del trabajo. Podrían ser protagonistas de la versión china de
Sex and the City: todas son solteras y tienen entre 25 y 30 años. Al contarles
el relato del ahorrativo Zhang, todas ellas sonríen. “No saldría con un tipo
que no tenga una casa, y mucho menos me casaría con él”, afirma Hua Feng,
provocando la risa de sus amigas, quienes debaten los pros y los contras de
Zhang, aunque jamás lo han visto.

¿El hecho de que trabaje en una compañía estatal es un pro o un
contra? “Quiere decir que es más estable, su compañía no quebrará, siempre
tendrá trabajo”, dice Hua. “Eso es bueno.”

“Sí”, interviene Li Junling, ejecutiva de publicidad, “pero
nunca ganará mucho dinero. ¿Quién sabe? Tal vez nunca tendrá lo suficiente para
comprar un buen departamento.”

¿Pero cuándo se casarán? Después de todo, según los estándares
chinos tradicionales, el tiempo se les acaba. ¿Sus padres, que desean tener
nietos, las presionan?

“Siento que cuando se trata [del matrimonio], no hay ninguna
prisa”, dice Li. “En realidad, no siento ninguna presión. Pienso que el tiempo
está de mi lado.” Sus amigas asienten con la cabeza.

Li tiene razón. El motivo por el que las jóvenes mujeres
urbanas de China posponen el matrimonio (trabajando más tiempo de lo que habían
hecho en el pasado, y ganando más dinero) es porque pueden hacerlo. El simple
hecho es que ellas, y no sus contrapartes masculinas, como el pobre Zhang en
Beijing, controlan la demografía en China, y lo seguirán haciendo durante los
años venideros. Durante toda una generación, el número de niños nacidos en
China ha superado enormemente al número de niñas. Este desequilibrio entre
géneros llegó a un punto máximo de 1.22 a 1 en 2008 y, actualmente, es de 1.16
a 1 aproximadamente. Para 2020, la Comisión Nacional Estatal para la Población
y la Planificación Familiar proyecta que los varones en edad de contraer
matrimonio superarán en número a las mujeres por una cifra de al menos 30
millones.

Históricamente, China ha sido una cultura patriarcal en la que
la subyugación de las mujeres está simbolizada de la manera más cruel por el
fenómeno de los pies vendados, una práctica que no desapareció completamente
sino hasta principios del siglo XX. Y actualmente sigue siendo una sociedad
dominada por los varones, sin importar que desde que el gobernante Partido
Comunista llegó al poder en 1949 ha pregonado una frase atribuida a Mao Zedong:
“Las mujeres sostienen la mitad del cielo.” De hecho, el desequilibrio
demográfico entre hombres y mujeres señala la dominación masculina que aún
existe. La combinación de la política de un solo hijo en China y el
advenimiento de las ultrasonografías ha significado que las familias que
preferían un hijo varón podían obtener lo que deseaban, abortando a las niñas
no deseadas. El desequilibrio de géneros es una función de lo que Lauren
Johnson, estudiante de doctorado de la Universidad de Beijing que escribe un
libro sobre el tema, denomina “La carrera familiar para tener un heredero”,
enormemente intensificada por la política de un solo hijo, que ha estado
vigente desde 1980.

Con ese telón de fondo, el reciente progreso de las mujeres en
China es importante. Desde 1995, cuando el país fue sede de una prominente
conferencia de Naciones Unidas sobre los derechos de la mujer (a la que asistió
la entonces primera dama estadounidense Hillary Clinton), el gobierno de
Beijing ha prestado cada vez más atención (y ha hecho algunos avances) en
varios asuntos fundamentales del feminismo: acceso a los empleos y una mayor
educación, leyes más estrictas (y aplicación de las mismas) contra la violencia
doméstica y el acoso sexual, y leyes de divorcio más equitativas.

Es innegable que aún hay un largo camino por recorrer. El
arresto en abril de cinco activistas feministas por tratar de crear conciencia
sobre el acoso sexual en el lugar de trabajo provocó una ola de críticas en las
redes sociales de China, y constituyó una vergüenza abyecta para un gobierno
central que este otoño coauspiciaría, junto con Naciones Unidas, una cumbre
mundial de las mujeres. Una proporción demasiado grande del grupo de líderes
(todos ellos varones) que se encuentran en la cima del gobierno de Beijing “no
tiene la más mínima idea sobre el movimiento de los derechos de la mujer”,
señala Wang Zheng, una activista feminista de mucho tiempo en China y
catedrática de la Universidad de Michigan.

Pero la realidad demográfica de la China moderna, según la cual
la cantidad de niños varones supera enormemente en número a la de las niñas,
tiene efectos trascendentales. Y uno de ellos, en la esfera social, en la
interacción diaria entre ambos géneros, está empoderando a las mujeres. En las
ciudades chinas, pueden encontrarse pruebas de ello prácticamente por todas
partes.

Consideremos a Cai Li (quien pidió que su verdadero nombre no
fuera usado en este artículo), ejecutiva de mercadotecnia de 34 años en
Shanghái: es lista, cautivadora, en onda y atractiva. También es la madre
divorciada de una niña de 8 años. Hace cinco años, cuando supo que su marido,
un hombre de negocios taiwanés, la engañaba, no vaciló. “Me divorcié de él tan
pronto como pude”, dice. “Él estaba escandalizado. Pensaba que no era grave,
que yo no lo haría por nuestra hija. Le dije, ‘ya verás.’ Y en una semana ya
había presentado los papeles [para el divorcio]. ¿Y por qué no habría de
hacerlo? ¿Por qué debía soportarlo? Mis padres aquí en Shanghái me ayudan a
cuidar a mi hija. Tenía un buen trabajo. Además, si quiero volver a casarme, no
hay ninguna escasez de hombres que, incluso a mi edad, podrían estar
interesados. [Mi ex] estaba loco si pensaba que iba a quedarme.”

El único problema para Cai fue que sus padres se pusieron de
parte de su ex. “Mostraron una típica reacción china. Dijeron, ‘¡Oh! ¡Vamos!,
probablemente no lo volverá a hacer. No es un gran problema de todos modos’”,
cuenta. “Era una actitud generacional. Cuando eran jóvenes, las personas lo
aguantaban, supongo. Pero les dije, no ahora. Estaba muy enfadada. No di mi
brazo a torcer… Las cosas son diferentes ahora.”

De hecho, incluso los funcionarios públicos reconocen que el
abismo demográfico de China tiene una función en el creciente índice de
divorcios, una tendencia especialmente evidente en las ciudades grandes como
Shanghái. A escala nacional, el índice de divorcios aumentó de poco más de 1
por ciento de parejas en 2003 a 2.57 por ciento en 2013, el último año sobre el
que existen datos completos. Aunque sigue siendo una cifra muy baja según los
estándares internacionales, el índice de divorcios en áreas urbanas, donde las
mujeres tienen muchas mayores probabilidades de sustentarse ellas mismas, es
mucho más alto. Diversas investigaciones recientes señalan que las tasas de
divorcios en Beijing y Shanghái son actualmente de más de 30 por ciento.

El número de divorcios “seguirá creciendo en el futuro
inmediato”, dice Liu Xia, un ex funcionario de la Comisión de Planificación
Familiar de China, “En parte porque las mujeres ahora tienen más de donde
elegir, económica y demográficamente.”

Las jóvenes chinas también están retrasando su incorporación al
mercado matrimonial. Li Junling y sus tres amigas solteras en Shanghái no son
un caso aislado. Las mujeres chinas se casan a una edad cada vez mayor. A
escala nacional, la edad promedio es ahora de 27.4 años, en comparación con
26.4 en 2007. Y el año pasado en Shanghái, por primera vez en la historia, la
edad promedio en la que las jóvenes contraían matrimonio fue de más de 30 años.

Los funcionarios públicos saben que el desequilibrio
demográfico tiene “consecuencias graves y trascendentales”, como señaló el año
pasado Li Bin, ministro de la Comisión de Planificación Familiar de Beijing.
Los investigadores y organismos de ejecución de la ley creen que el
desequilibrio entre géneros ha producido un aumento en el tráfico sexual y la
prostitución. Por ejemplo, impulsó un negocio ilícito que consistía en obligar
a las refugiadas de Corea del Norte a establecer matrimonios arreglados con
campesinos ancianos solteros del noreste de China.

Algunos investigadores prominentes han empezado a preguntarse
si el desequilibrio entre géneros, y el efecto que tiene en el mercado
matrimonial en China, se relacionan con algunos de los asuntos económicos más
urgentes de ese país. Se preguntan si el comportamiento de un caballero como
Zhang, que ahorra desesperadamente todo el dinero que puede para poder comprar
un departamento e impresionar a una posible novia, podría tener algo que ver
con el obstinadamente alto índice de ahorro familiar en China.

Wei Shang-Jin, ex catedrático de la Universidad de Columbia, es
ahora el economista principal del Banco de Desarrollo Asiático. En 2009, él y
el coautor Xiaobo Zhang, en el trabajo titulado, “El motivo del ahorro
competitivo”, plantearon una teoría radical respecto a por qué era tan alto el
índice de ahorro de China, y por qué no estaba descendiendo (cuando muchos
economistas han predicho que lo haría). El alto índice de ahorro es enormemente
importante. Como señala Wei, el índice de ahorro familiar de China influye en
todo, desde los flujos internacionales de capital y su enorme desequilibrio comercial
hasta las exportaciones estadounidenses y, en consecuencia, el empleo. En
términos simples, si los consumidores chinos gastaran más y ahorraron menos,
los socios comerciales de Beijing, entre los que se encuentra Estados Unidos,
podrían venderles más bienes y servicios.

La historia económica estándar es que el ciudadano chino
promedio ahorra debido a la falta de una red de protección social sólida, en
particular, un sistema de pensiones y seguro médico a nivel nacional, como la
Seguridad Social y Medicare en Estados Unidos. Wei se muestra escéptico. Señala
que en la década anterior se produjo una mejora importante en los sistemas
nacionales de pensiones y de salud. Por ello, examinó datos de varias
provincias chinas en los que se trataba de correlacionar el ahorro con el
desequilibrio entre géneros. Los resultados fueron sorprendentes. “No sólo
descubrimos que las familias con hijos varones ahorran más, en promedio, que
las familias con hijas, sino que las familias con hijos tienden a aumentar su
índice de ahorro si también viven en una región con una proporción de géneros
más desequilibrada”, dice Wei.

El efecto de eso, señala, fue más pronunciado de lo que se
esperaba. “Incluso las personas que no compiten en el mercado matrimonial deben
competir para adquirir una vivienda, y hacer otras compras importantes,
impulsando el índice de ahorro para todas las familias.” Para él, la conclusión
es ineludible. “Ningún elemento de la discusión sobre los desequilibrios
mundiales ha puesto sobre la mesa la política de planificación familiar o los
derechos de la mujer, porque pocas personas se dan cuenta de que estos asuntos
se relacionan con la política económica. Nuestra investigación indica que ésta
es una grave omisión.”

El hecho de que la persecución de mujeres casaderas sea tan
intensa que podría afectar los índices de ahorro a escala nacional habla del
poder del desequilibrio demográfico. Y también habla del creciente poder
personal que está en manos de las jóvenes solteras. En el “mercado
matrimonial”, como lo denomina Wei, “cuando una joven dice salta, el joven
pregunta ¿qué tan alto?”

Hay una tremenda ironía en eso. El desequilibrio entre géneros de China
es un escándalo moral, un hecho por lo menos implícitamente reconocido por la
Comisión de Planificación Familiar de Beijing, que se ha fijado el objetivo de
reducirlo para finales de este año. El hecho de las jóvenes tengan cada vez más
el control cuando se trata del amor y el matrimonio (y el divorcio) es uno de
los subproductos de ese desequilibrio. Es posible que esto no les guste a tipos
como Zhang Wei. Pero es mejor que se acostumbren a ello.