“Pregúntele mejor a una bruja. Con un hechizo podría saber”, aconseja un ejidatario cuando el ingeniero Mateo Linaza indaga que dónde está el tapón que desborda el agua del Acueducto del Padre Tembleque.
Linaza, miembro del patronato del Acueducto del Padre Tembleque, construcción del siglo 16 que México propone registrar como Patrimonio de la Humanidad, no festeja la broma. La antigua obra hidráulica comprende 42 kilómetros que recorre el ingeniero un miércoles de sol abrasador a bordo de una pick up, y también a pie, para señalar los daños que acumula el monumento a causa de los tapones.
Deslave
La arquería recién restaurada del Acueducto del Padre Tembleque presenta manchas provocadas por el deslave del material usado para el rejunte de las piedras, advierte una denuncia enviada al Órgano Interno de Control del Conaculta en marzo.
La intervención del monumento del siglo 16 fue financiada el año pasado con un millón de dólares que aportó el Fondo de los Embajadores de los Estados Unidos, y en la que denuncia se exige que la empresa encargada de la restauración responda por los “vicios ocultos” , en referencia al deslave que manchó el monumento tras las lluvias de marzo
Raúl Delgado, director de Sitios y Monumentos del Conaculta, dependencia que obtuvo los recursos en un concurso internacional, afirma que ya pidió a la empresa corregir las posibles insuficiencias.
“Se atendió la denuncia y estamos preparando el informe al Órgano Interno de Control”, dijo el arquitecto.
Además, explicó que las manchas pueden deberse a dos cosas: al deslave del adobe que se añadió como protección a los vestigios de la cimbra y también a las inyecciones de mortero aplicadas para rellenar las oquedades internas. Estas se pusieron hasta que el monumento “escupiera” el material, para un adecuado refuerzo de la estructura.
“No es una insuficiencia en la restauración”, aseguró en entrevista.
Además de su arquería, el acueducto que edificaron 400 indígenas dirigidos por el Padre Francisco de Tembleque y el maestro cantero Juan Correa de Agüero, consta de un canal o apantle, según el término náhuatl, cuya estructura rompen los pobladores para introducir tapones que derraman el agua potable procedente de los manantiales de Tecajete.
Cuando el líquido sale de cauce lo capturan en cajas para conducirlo, mediante mangueras o tubos, hasta viviendas o cisternas que abastecen invernaderos de productos agrícolas, jitomate por ejemplo.
Guillermina Acosta, presidenta del patronato, recuerda las mazorcas que admiró, hace años, cuando visitó el acueducto con el sacerdote Ángel Cerda, quien se empeñó en rescatar el sistema hidráulico más importante de América durante el Virreinato e hizo de nuevo correr el agua.
“Le decía: ‘¡Mire que bonitos maizales!’”. El padre le reviraba: “¿Y a cómo sale cada mazorca si es agua potable?. ¡Esta agua es para consumo humano, no para riego!”.
“Nuestro interés es la preservación del monumento, no tenemos nada que ver con el agua, pero para llevársela dañan el monumento”, acusa Linaza.
Los pobladores reciben entonces una dotación doble del líquido: una proporcionada por la red hidráulica del municipio y otra proveniente del apantle.
El apantle es una canaleta de barro encofrada con piedra y argamasa cubierta además por una laja, la misma que quiebran para hacer los orificios. En estos hoyos caen borregos o se atoran cacomixtles, tlacuaches, ranas o serpientes, incluso anidan bolsas y botellas de plástico.
“Se prohíbe conectarse, destruir o modificar el acueducto”, advierten placas colocadas por las autoridades de Zempoala en el trayecto. Paradoja: justo donde están los letreros se estiran las mangueras o se propagan cajas receptoras de agua. Además se multiplican construcciones aledañas al acueducto que alteran el paisaje visual.
Acosta, Linaza y el abogado Saúl Uribe han solicitado la intervención del INAH, el Conaculta, el Gobierno de Hidalgo, la Profepa, la Semarnat, la Conagua, incluso la Presidencia de la República. El expediente de documentos entregados a este medio pesa medio kilo. Todos responden, nadie resuelve.